Toledo, piedra a piedra

Desde Madrid, al menos desde el pedacito de Madrid donde yo estoy (Vallecas), llegar a Toledo sucede en una hora, porque voy en carro. La brisa tiene prisa y frío también. Toledo aparece empinado, con su muralla aún defendiéndolo, pero también como fachada para las fotos.

Las espadas y Don Quijotes de todos los tamaños surgen entre las curvas, entre las calles estrechas. Para conocer Toledo hay que subir, subir mucho. Mientras más arriba, mejor. Justo ahí donde ya no pasa gente, donde los que habitan las casas parecen estar escondidos a la vista del viajero, pero de donde siempre surge un patio, un grito, una olla que se cae al suelo.

En Toledo hay silencio y mucha curiosidad. Sus calles suben, bajan, dan curva, se abren frente a la Catedral de Santa María; dan vuelta para cruzar el Puente de Alcántara y verlo de espaldas. Famoso su mazapán, sus calles llenas de turistas atentos a conocer de dónde provienen las telas, que hacen fila para entrar al Museo de El Greco, que anotan que allí nació Garcilaso de la Vega, que se montan en el tren para pasear sobre sus piedras.

[La ciudad de Toledo es Patrimonio de la Humanidad, desde 1987]

Subir. No cansarse. Conocer a Toledo está en tocar las paredes, en mirar hacia arriba, en detallar sus balcones. En dejarse llevar. Bajar, siempre es más fácil.

Para ver más fotos de este recorrido, mira AQUÍ.

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