Un viernes cualquiera en Madrid

Fui a desayunar con la promesa de comer la mejor tortilla de Madrid. Así termino en una esquina de la calle Manuel Luna, cerca de la estación de metro Estrecho. El sitio se llama Casa Barranco y llegamos -mis amigos y yo- tan temprano que ni siquiera tortilla hay. El sitio parece una novela: la esposa cocina, el nuero en la barra, el señor en las mesas, la hija al mando. La promesa del pincho de tortilla se tarda 20 minutos.

[Cae agua nieve y Madrid está nublada por todos lados. La mañana nos golpea con 3°C y el alivio de que, en algún momento del día hará más calor: 7°C. La brisa hace de las suyas]

Un café manchado (muy blanco con un poquito de café), un jugo de naranja y 20 minutos después, la mejor tortilla que he probado en mi vida. Como despacio, entre otras cosas saboreando y sopesando el frío, armando el día. Buscando caminos sin lluvia, pero es imposible.

Palacio Real y sus jardines

El desayuno me llenó de una adrenalina que, sospecho, me va a durar todo el viaje. En contra de todo pronóstico, camino bajo la lluvia. Quedo empapada y me parece maravilloso, no me da frío y le tomo fotos a cada árbol que veo. Me gustan los árboles y aquí hay muchos. Me gustan las esquinas y las calles angostas. Camino sin plan, más por instinto.

El Metro, que me encanta, me deja en la estación Sol y bajo por la calle Arenal. Me detengo en la Librería San Ginés, toda una improvisación en un callejón, pero con buenos títulos. Paso por muchas Casas del Jamón, pero mi curiosidad todavía no me ha hecho entrar a ninguna. El camino se va armando solo y de repente te aparece de frente el Teatro de la Ópera. Llueve de nuevo y parece que hace frío, pero no lo noto.

El Palacio Real, justo al frente, está lleno de turistas por todos lados. Me divierte un grupo de amigos que van cantando y tomándose fotos en cada pedacito de jardín. Ninguno atropella las fotos del otro. Todos esperan turno para subir a la fuente, posar en la escalera. La entrada al Palacio, con la Catedral de La Almudena como testigo, es cada una hora y ya hay una fila larga para pasar.

Sigo de largo, subo y bajo calles, tratando de recordar los nombres. Camino con las manos en los bolsillos ante la imposibilidad de tomar fotos, por la lluvia. Entre vuelta y vuelta, el Mercadillo de San Miguel es como conseguir la gloria. Está ahí, como puesto, como inesperado y me seduce por completo. Tapas, las que quieras. Vino, ni hablar. Frutas de todos los sabores. Le doy la vuelta cerca de tres veces, mientras voy probando Croquetas de Gambas con setas, tapas de Bacalao, chocolate caliente. Me gustan los colores, el ambiente, el desenfado de la gente que, en plena mañana de un viernes está ahí como si más nada en el mundo pasara.

La tarde se va entre conversaciones largas y lluvia. La noche termina en Huertas, pero esa es otra historia.

Mercado de San Miguel
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