Los colores de El Hatillo

Al sureste de mi ciudad, Caracas, está un pueblo en el que todos sus días parecen ser sábado y domingo. A través de los años ha mantenido su arquitectura, su aire colonial y se ha convertido en un paseo relajante, para disfrutar en familia o con los amigos.

En El Hatillo los colores se vuelven pintorescos y es perfecto para dejarse llevar por la creatividad en la artesanía y mueblería. Si quieres llevar un buen recuerdo de Venezuela a otras tierras, es allí donde vas a encontrar todas las curiosidades posibles, sobre todo en Hannsi, un centro artesanal que se pasea por todos los rincones del país a través de la artesanía.

Sus calles huelen a chocolate caliente, a churros, a comida recién hecha. En la Plaza Bolívar se pasa el tiempo rápido y sorprenden las campanadas de la iglesia que queda justo al frente. Sus calles son empinadas. Subidas y bajadas llenas de casitas que esconden una tienda de antigüedades, un restaurante, una botica.

Imposible no pasar por Das Pastelhaus, donde se comen las mejores pizzas; o por Jaleo, la única sala rociera de la capital donde la música y la buena comida inundan el lugar. Mi sitio obligado es el restaurante Olio que de sabores italianos sabe, y mucho. Pero sobre todo, no hay que dejar de probar la comida típica de Venezuela. Anuncios para comerla están por todas las esquinas.

El pueblo es pequeño, pero esconde en cada uno de sus rincones un poco -o mucho- de historia. Hay que cuidarlo, mantenerlo limpio y convertirlo en visita obligada para el viajero.

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