¡Qué sorpresa Medellín!

Viajar un fin de semana a Medellín, Colombia, es sumergirse en su cultura. Es caminar sus calles, hablar con su gente, subir sus montañas. Es entender un cambio social. Es un fin de semana llenándose de ciudad. Pasen a Medellín, así es cómo yo la veo.

Poco conozco sobre Medellín antes de subirme al avión. Es la primera vez que voy a Colombia y lo único que me he esmerado en revisar es el estado del tiempo y como ha aparecido que no dejará de llover (con truenos incluidos), pues decido armar mi equipaje de tres días especial para lluvia: chaqueta, zapatos cómodos, un paraguas y varias camisas para vestir según el ánimo. Pero no llueve. No llueve durante los tres días, qué maravilla. Así que, una vez allá, me toca adaptar mi kit de lluvia a un clima caluroso, nublado en ocasiones, pero fantástico a final de cuentas.

Medellín me sorprende. Lo hace desde el momento que comienzo a descender desde el aeropuerto hasta la ciudad. Esto de descender es literal. Siento que voy bajando desde una colina muy alta -la más alta de todas- en unas curvas feroces, pero amables gracias a un paisaje verde que se repite. Mi imaginación es como la de un niño y el retrato que se me dibuja es la de un aeropuerto situado en lo más alto de un pico y en mi mente no encaja cómo en el pico -en esa punta tan afilada como una aguja- cabe una pista de aterrizaje y tantos aviones. Lo imagino y me río, pero en serio, venimos de muy arriba.

Entonces, en cada curva se va dibujando la ciudad. Nadie me ha dicho que todas sus construcciones son de ladrillos rojos, pero lo he notado en seguida. Desde arriba, Medellín se ve uniformada y parece un chiste, como una equivocación, pero es la primera muestra de que las cosas funcionan si todos se organizan, pero sobre todo, si todos “quieren” organizarse.

A medida que voy bajando, y esto se lleva unos 40 minutos aproximadamente, me cautivan unos árboles que, de lejos, parecen cubiertos de nieve y ya cerca, se asemejan mucho a las hojas de eucalipto, muy grandes y muy secas. No sé que son, pero me encantan estos árboles, me parecen mágicos, camaleónicos y quiero tomarle fotos; pero me agarran por sorpresa en cada curva y me da pena decirle al chofer del autobús que frene en mis primeros 15 minutos en Medellín sólo para fotografiar a un árbol.

Decido en ese instante que si en algún momento voy a vivir a Medellín -que no está en mis planes, pero uno nunca sabe- quisiera sembrar muchos de esos árboles en mi jardín y apostarme en una colina. Así la gente pasaría y pensaría que está nevando y le tomarían fotos a mi casa, apenas aterricen.

Me encanta la idea. Pienso en el nombre de la casa. Vamos, que no he llegado a la ciudad y ya quiero tener mis propios árboles.

Próximo post: Descubriendo a Medellín

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