Un salto, varias emociones

“No entiendo cómo no hay más venezolanos acá visitando el Salto Ángel… si es impresionante”. ”Estamos en temporada baja”, le digo. “Igual no entiendo. Somos más los extranjeros”, me dice un holandés, en un perfecto inglés que alcancé a entender y cuyo nombre nunca le pregunté”.

Y es cierto. En la curiara íbamos seis iraníes, dos finlandeses, dos holandeses, un alemán y cinco venezolanos. Como había espacio, en cierta parte del trayecto, nos acompañaron también cuatro españoles que iban ataviados de Venezuela por todos lados: se esmeraron en comprar pulseras, sombreros, llaveros y cestas hechas por los pemones de la zona y que lucían a risa batiente en todas las fotos que se tomaban.

Canaima tan cerca, tan nuestra. Uno se esmera en trazar alguna ruta para el exterior; en buscar los edificios más altos, los caminos más llenos de flores, el museo más repleto de arte, la torre más antigua. Yo misma me la paso coleccionando mapas de sitios que no sé si llegaré a visitar -a lo mejor sí, a lo mejor no- de buscar precios de pasajes a lugares lejanos y mira… ¿tanto cuesta mirar un poco hacia adentro? No está mal, claro está, viajar fuera de nuestras fronteras. No. Cada aventura, cualquiera que sea, es excitante y tiene su cuota de felicidad.

Llegar a Canaima y desandar el sendero hacia el Santo Ángel es un orgullo venezolano que todos nos deberíamos permitir, en algún momento de nuestras vidas. Cada año, turistas de todos lados del mundo vienen a cubrir esta ruta, cargados sólo con una mochila y una cámara. Turistas que van por ahí, viajando por 5 ó 6 meses llenándose de naturaleza y cuando los escuchas hablar… cuando te dicen que al volver del Salto Ángel, van a pasar unos días en la Gran Sabana, para luego ir hacia Los Ándes y terminar pasando por Caracas… te sientes inmensa, porque ellos vienen de tan lejos para conocer tu tierra; pero también chiquita porque no te has atrevido a conocerla antes.

Para ir al Santo Ángel no es suficiente con querer. Se trata de sentirlo. Se trata de saber que la energía del lugar te hace estragos los sentidos, que te reconcilias, que vas, que vuelves, que sonríes, que lloras. Que cuando navegas por casi cuatro horas y por fin lo ves, tan alto, tan imponente, ya más nada importa. Sólo te paras frente a él y quién sabe qué es lo que nos pasa por la cabeza a cada uno, que somos incapaces -al menos por un minuto- de pronunciar palabra alguna.

Puedes ver la crónica de este viaje, publicada en National Geographic Traveler Latinoamérica, AQUÍ y ver este ÁLBUM de fotos.

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