Cayo Fabián, Madrisquí y Francisquí

En la lancha, llegando a Madrisquí

En un abrir y cerrar de ojos, ya había pasado seis días en Los Roques. Así que esa mañana de viernes desperté con premura, con ganas de irme temprano a la playa, de aprovechar cada segundo. Mi vuelta a Caracas estaba planeada para el día siguiente, muy temprano en la mañana, justamente el día de mi cumpleaños y no quería perder el tiempo. Por eso, después de otro de los buenos desayunos preparados por Robert en Posada Arrecife, nos montamos en la lancha y nos fuimos por ahí.

Es divertido ir sobre el mar, despeinada, descalza y viendo cómo van cambiando las tonalidades de azules. Tomo muchas fotos en cada recorrido y siento que son pocas las que realmente logran captar ese contraste insólito de colores. “Parece que saliera luz desde abajo”, dice Nobras, una de las que va conmigo en esta travesía. Nada más cierto. El mar de Los Roques sorprende, eriza la piel, enamora y reconcilia.

No sé en qué dirección arrancó la lancha, no me di cuenta. Tampoco pregunté, pero quince minutos más allá, pasamos por Cayo Muerto. El nombre es bastante claro: no hay nada; es un cúmulo de arena que antes era un poquito más grande y que está ahí como una aparición. La brisa golpea con ganas y hasta me intimida un poco imaginarme allí por unas horas, con ese oleaje que no es tan fuerte, pero que sí hace ruido; o tratando de hacer snorkel (que me da un poco de temor), así que agradezco que sólo hayamos estado ahí de paso, a pesar de que me sorprendí mucho con los colores que se ven desde esa zona. No hay fotos, porque me distraje.

En Cayo Fabián

Seguimos hasta Cayo Fabián en donde el viento es el protagonista. Por ahí estaban los chicos de Play Los Roques con un grupo que practicaba kiteboarding, llenos de adrenalina, de un lado a otro jugando con la brisa. Tengo minutos de introspección en este paseo. Estamos ahí, en el medio de la nada, tan lejos de todo, de la ciudad, del tráfico, de la faena de un viernes, que me da por imaginar que en todos lados del mundo cada quien está en su propio lío; que somos tan pero tan minúsculos. Mucho tiempo en el mar y me pongo creativa; siento que todo se ve en perspectiva.

La lancha siguió hasta Madrisquí con sus sombrillas puestas en la orilla, con turistas saludando a nuestro paso. Más grande y tranquila, inesperada. Profunda en ocasiones y traviesa en otras. Por un lado nadan, y por otro caminan por el agua hasta la cintura. Son casi las once de la mañana y el tiempo aquí parece detenerse; el brillo del agua parece una poesía y es tan clara en ocasiones -para no decir, casi siempre- que los corales me guiñan el ojo y yo los miro desde lejos, porque ya he contado que les tengo un poco de miedo, no sé porqué. No nos detenemos en Madrisquí porque queríamos llegar hasta Francisquí Arriba, sin duda, uno de mis cayos favoritos en Los Roques.

Madrisquí y su orilla tranquila

En Madrisquí

Madrisquí y Francisquí son los cayos más cercanos al Gran Roque y son los que, normalmente, están incluídos en los paquetes turísticos que ofrecen las posadas sin un costo adicional. Son hermosos, pero en este viaje decidí dejarlos de último, precisamente para llegar a otros que no había visto jamás. Por eso fuí primero hasta Cayo de Agua, Dos Mosquises y Sarquí y luego hasta Palafito, estrellas y Crasquí

Lo cierto es que Francisquí tiene una magia especial. Llegamos y casi no encontramos lugar para colocar las sombrillas, las sillas y el entusiasmo. En la arena todo estaba lleno, pero en el agua es otra historia. Francisquí te recibe con el agua a la altura de los tobillos, te invita a caminar lejos e ir cruzando sus líneas de azules que van marcando cierta profundidad. Dos pasos más allá y te hundes; tres más y ves peces de colores. Entonces, alzas la vista y los catamaranes y yates están ahí, como para que el paisaje se vea más bonito. Caminas, das la vuelta, te quedas en la orilla; no lo crees, vuelves a caminar y te quedas en silencio. Así se pasa el día hasta que llega la hora inevitable de volver.

El final de ese día auguraba una noche larga. Esperaría hasta las doce de la noche para celebrar mi cumpleaños a la orilla del mar, bailando descalza, con las estrellas como fondo perfecto y el sonido del mar. ¿Qué más se puede pedir?

Francisquí, uno de mis favoritos

Otra de Francisquí

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