Un oasis en la Isla de Margarita

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Es lunes, cerca de las siete y media de la mañana. La Isla de Margarita despertó lluviosa y apenas un claro azul a lo lejos, visto desde la ventana del hotel, albergaba la posibilidad de un mejor día. De repente, una brisa furiosa y breve trajo a la lluvia y la posó lo más cerca que pudo sobre mi techo. Adentro, en esa habitación de hotel pequeña y azul, veía con interés un programa sobre Florencia y tomaba notas mentales sobre sus mejores sitios, mientras tenía el traje de baño a punto y las ganas de estar en el mar, un día antes de volver a Caracas, mi ciudad.

Desayuné una mezcla de sabores: empanada de cazón, tan típicas de la isla, y pastelitos maracuchos de papa con queso. Todo en medio de una conversación que giraba en torno al sol, las playas sin olas y las distancias largas. No sé en qué momento el día comenzó a ponerse claro y así, con el asfalto aún mojado, me alejé una hora de Porlamar -donde estaba- a una de las playas poco concurridas de la Isla de Margarita un día de semana. Sobre todo, un lunes.

La Playa El Oasis es así, como su nombre

La Playa El Oasis es así, como su nombre

Mi intención era llegar hasta Playa Paraíso, pero no me dejaron entrar. Está cerrada los lunes, por mantenimiento y, en general, para poder estar ahí hay que llegar temprano, pues hay pocos puestos de estacionamiento y mucha tranquilidad como para llenarla de tanta gente. Así que me quedé una playa antes, apostada a un lado de la carretera, al frente de un restaurante blanco y sin nombre, con tres toldos como adorno sobre la arena. Se llama Playa El Oasis, y es así tal como su nombre.

Estoy cerca del puerto de El Guamache, con el cerro de Macanao muy al fondo, ante una playa cristalina, sin olas, con manglares, poco profunda y solitaria. No son ni siquiera las nueve de la mañana y José, el encargado del restaurante, me ofrece una cerveza fría que le cambio por agua, y me recita el menú de ese día: sopa de cangrejo con coro coro (un pescado), con tostones fritos. Me da la llave de la puerta del baño, por si quiero ir; me ofrece un toldo y me deja claro que estará adentro por si quiero algo más.

No hay nadie más en toda la playa, algo que pudiera considerarse muy imprudente de mi parte. No me siento insegura, mucho menos intranquila. Tengo el paisaje amplio solo para mí, el estado de relajación perfecto. El agua no me llega más allá de la cintura y nado a mis anchas. A lo lejos, está anclado un peñero al que provoca llegar nadando, pero hay que darle espacio a la prudencia.

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Camino un poco y me siguen unos perros como fieles compañeros. Llego hasta unas casitas pequeñas y unas lanchas que siempre me alegran por sus colores. No cuento las horas mientras estoy aquí. Acepto dos cervezas frías cuando el sol decidió llegar e instalarse, mientras se comienzan a mezclar los olores de la comida. Supongo que es poco más del mediodía, o cerca, o no lo sé.

Cuando ya me dispongo a irme, llegan dos personas y no saludan. Unos pocos minutos más y se estaciona un carro con música a todo volumen y de ahí se bajan seis personas bailando, cada quien a su ritmo. Agradecí entonces, el oasis perfecto de la mañana, la calma del lunes, la soledad necesaria. Así son los días de semana en este pedacito de la isla. José, con su intento de darme otra cerveza, me cuenta cómo se llena el restaurante los fines de semana, como no caben los carros en ese pedacito de mar. Yo me traigo otro paisaje y ese es el que muestro, ese es el que me provocó escribir.

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