Santa Lucía de Coronayi está escondida en la montaña

La Sierra de Perija desde el pueblo de Tayaya

La Sierra de Perija desde el pueblo de Tayaya

No di tiempo a que tocaran la puerta de mi cuarto para avisarme que ya nos teníamos que ir pronto. Casi una hora antes había salido a dar una vuelta y me había llenado de la frescura de la sierra, mientras buscaba el olor de un café humeante y fuerte que hervía en la cocina.

Estamos en la Misión de los Ángeles del Tukuko, a los pies de la Sierra de Perijá en el estado Zulia y son poco antes de las siete de la mañana. El desayuno prometía ser profuso, para que nos diera energía suficiente para el camino. Saldríamos hacia la comunidad indígena de Santa Lucía de Coronayi, a tres horas desde donde estábamos en el pueblo del Tukuko, recorriendo la montaña y su paisaje verde, pero con una particularidad: haríamos el camino en mula; algo que nos había desatado risas y expectativas el día anterior. No hay otra manera de llegar a Santa Lucía, o se hace así o caminando y a eso me negué desde el principio porque conozco mi lentitud para moverme por una montaña y mi mal humor por las subidas empinadas, así que la mula estaría bien.

Huevos, pan, arepas, queso, cambur y mandarinas fue el desayuno desordenado de emociones y que ya llevaba la premura de salir para que el clima no nos hiciera malas jugadas. Esa parte de la sierra y hacia dónde vamos, está ocupada por yukpas, una de las tribus que viven en la zona. Cada paso andado es moverse por su historia, por caminos que han trazado con el tiempo. Es entrar a sus vidas y ser recibidos con sonrisas y mucha curiosidad. El fray Nelson, Johann, María Cristina y yo, esperamos ansiosos para iniciar el recorrido. Un poco más allá está Panasa (que en lengua yukpa significa “orejón”) con sus ojos claros, y su hijo de seis años al lado. También está Luis, inmutable, esperando de cuclillas sobre una roca.

Antes de iniciar el recorrido. La curiosidad siempre.

Antes de iniciar el recorrido. La curiosidad siempre.

El Fray Nélson, director de la Misión

El Fray Nélson, director de la Misión

Panasa prepara a las mulas según nuestro peso. Aparte de soportarnos, llevarán en su lomo sacos de arroz y varios pollos que dejaremos en Santa Lucía. Los animales se saben el camino y no hace falta guiarlos, y es así como Carrito Chocón -mi mula- y yo nos entendemos de inmediato. Se comporta noble ante mi inexperiencia y por tres horas va conmigo, sierra arriba, dejándome ver el paisaje. Verde, todo es verde. La Sierra de Perijá es generosa y parece inabarcable. Subes y cada vez más se pierde de vista, sin dejar de estar en ella. Es fría como el agua de sus manantiales y tiene ráfagas de aire tibio, como para hacernos sentir en casa.

Subir en mula no es tan difícil como creía. Agarras las riendas, colocas bien los pies en el estribo y dejas que suceda. Balanceas el cuerpo por inercia, te sujetas en las subidas fuertes por instinto. El asunto complicado -y no lo sabía en ese momento- era bajar. Ahí sí te aferras a la mula como si no hubiera mañana.

Una hora después de partir del Tukuko, llegamos al pueblo de Tayaya. Apenas unas pocas casas, cuyas ventanas son la sierra entera. No hay ruidos aquí. Quizá un gallo a lo lejos y nuestros propios pasos sobre la grama. No vemos a muchas personas; de hecho, solo hay siete y nos miran en silencio y con atención. La pausa es necesaria para estirar las piernas, los brazos, el cuerpo entero. Panasa se queda mirando el paisaje. Nosotros damos la vuelta y a los pocos minutos, seguimos montaña arriba sin detenernos hasta llegar, por fin, a Santa Lucía, la comunidad que nos esperaba. Ya es mediodía; el sol está tímido y el frío intacto. La neblina le da a la montaña el mejor de los aspectos.

Subiendo entre tanto verde

Subiendo entre tanto verde

Llegando a la comunidad de Tayaya

Llegando a la comunidad de Tayaya

En Santa Lucía de Coronayi no hay electricidad y el agua es la de los ríos. Tampoco hay escuela o medicatura. Viven allí 33 familias esparcidas por la montaña. Una semana antes les habían avisado que iríamos y estaban todos ahí a nuestra llegada. El fray Nelson les dice que hay pollo para hacer sopa para todo el pueblo y un poco más para nosotros, los viajeros repentinos. Las mujeres se ponen a la tarea de inmediato: buscan leña, prenden el fuego, limpian los pollos, cortan ocumo (una verdura) ponen sal y se quedan en torno a la olla esperando a que el caldo comience a hervir y desprenda sus olores.

Los niños juegan fútbol con una pelota improvisada de cartón. Panasa habla como quien saber contar cuentos y capta la atención de todos. Habla en yukpa, su lengua, y no entiendo nada más allá de la aprobación corporal de sus oyentes. “Hablan de política”, dice el fray, “y les cuenta que deben ser agradecidos por lo que trajimos”. Por momentos, el discurso de Panasa se acalora y una mujer, con su vestido azul, acelera las palabras. Mientras más agita la mano, más indignada está por quién sabe qué.

El fútbol y el frío de Santa Lucía de Coronayi

El fútbol y el frío de Santa Lucía de Coronayi

El caldo, los colores, la calma de Santa Lucía de Coronayi

El caldo, los colores, la calma de Santa Lucía de Coronayi

Tomo una siesta de 10 ó 15 minutos en la grama y me despierta el olor de la comida lista. Todos rodean a la olla con su plato en mano; hacen fila y esperan. Cada uno se lleva su porción y se sienta donde mejor le parezca. Me levanto, tomo mi plato y me sirven arroz con generosidad, pollo y ocumo. La delicia de comer con los dedos, el sabor de la leña en cada mordisco, el frío colándose en el cuerpo.

Sabíamos que no podíamos quedarnos mucho tiempo. El camino de vuelta nos tomaría, al menos, dos horas y había que hacerlo con la luz del día. Ya a las cinco y media de la tarde todo podría estar oscuro. Pero antes de irnos, nos invitan a bailar. Algunas mujeres, con sus niños a cuestas, comienzan a cantar y dar vueltas con un paso muy singular. Nos toman del brazo y las imitamos. ¡Cómo cansa el baile! pero qué alegría se siente unirnos al grupo. Bailan, cantan, se ríen, nos buscan de nuevo y seguimos bailando.

Cuando llega el momento de despedirnos, ya algunos se han ido a sus casas. El fray les regala caramelos y en Santa Lucía se queda el eco de sus propias risas. Panasa nos prepara las mulas y nos vamos, sierra abajo, para encontrarnos de frente con el atardecer.

De esas miradas que regala el camino

De esas miradas que regala el camino

PARÉNTESIS. Bajar una pendiente empinada y en mula, es dificilísimo. En alguna parte del trayecto, tuve que bajarme y caminar porque había perdido la fuerza en los brazos y en las piernas para poder sujetarme. Sabía que me iba a caer en cualquier momento. Llegué caminando hasta Tayaya y me acosté en el suelo como si hubiera corrido un maratón. Pero de ahí y porque sí, tenía que culminar el trayecto en mula, porque nos sorprendería la noche. Recuperé la fuerza en los brazos y llegamos al Tukuko en plena oscuridad temprana. Lo haría todas las veces que fuese necesario para ver de nuevo a Santa Lucía y a la Sierra de Perijá desde tan arriba.

CÓMO LLEGAR. Desde la ciudad de Maracaibo, hay que ir por tierra hasta el pueblo de Machiques (2 horas de camino) y de ahí 45 minutos más hasta la Misión Los Ángeles del Tukuko. Son muchas las comunidades indígenas esparcidas por la Sierra de Perijá y a ellas se llegan caminando, en mula o en carro si son más cercanas, pero siempre, siempre, con el permiso de los yukpas. Si van a la Misión, lleven algo para colaborar. Ahí los van a recibir con los brazos abiertos.

Para ver más fotos del recorrido, pueden entrar AQUÍ

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