Dos pueblos medievales en Alemania

El río Mosel es el paisaje constante entre Trier y Bernkastel-Kues

El río Mosel es el paisaje constante entre Trier y Bernkastel-Kues

Una Alemania distinta se respira en sus pueblos. Lejos de las grandes ciudades, todos los paisajes que aparecen asemejan a un cuadro pintado un día soleado. Montañas, viñedos, flores y bosque, mucho bosque, rodean las casas y calles angostas de esas vidas acostumbradas a estar cerca del río. Cada fachada cuenta una historia. Los pueblos son como esos abuelos que te invitan a tomar un café y te cuentan cosas que no conocías y que no sospechas por andar siempre en algún agite citadino.

Cada pueblo tiene nostalgia. Su pasado se ve en las ruinas apostadas en la colina, en el camino que hay que seguir para llegar a algún castillo que está ahí como recuerdo absoluto de los momentos de lucha y defensa. No hay prisa en sus cafés, ni en sus casas que tienen la marca descolorida de las crecidas del río. Las calles suben, bajan; huelen a dulce, a pan horneado y van llenas del silencio curioso de quienes pasamos por ahí, cámara en mano, explorando sus historias.

Hay dos pueblos medievales en Alemania que merecen caminarlos con calma: Saarburg y Bernkastel-Kues. Me parece que los sacaron de un cuento infantil de esos que se leen en Navidad y quedaron ahí, inertes al paso del tiempo, atrapándonos sin remedio. A Saarburg lo vi por primera vez hace doce años y siempre quise volver a sentarme en alguna de sus tantas mesas cubiertas con toldos de colores. A Bernkastel-Kues lo conocía solo en fotos y en la parte más vieja del pueblo, me descubrí emocionada y pequeña; no sé si eran sus casas muy juntas o sus pasillos angostos, o la vista desde el castillo. Estar ahí era caminar lento, consciente de cada sonido; era como caminar dentro de una maqueta y no creerlo. Al menos, para mí.

Saarburg visto desde el teleférico

Saarburg visto desde el teleférico

El teleférico deja ver los viñedos y Saarburg entero

El teleférico deja ver los viñedos y Saarburg entero

La cascada de Saarburg No sé si ver a Saarburg como una ciudad pequeña o como un pueblo grande: tiene poco menos de siete mil habitantes que viven al lado del río Sarre, un caudal que hace que el paisaje sea más bonito. Los avisos amarillos del camino, anuncian cuando ya estamos cerca, pero sobre todo lo hacen sus casas de colores cálidos, los viñedos, el teleférico y la fortaleza escondida hacia lo alto. Está a 30km de Francia y a 20km de Luxemburgo; forma parte del distrito Trier-Saarburg y tiene un encanto particular.

Llegamos a Saarburg desde Trier, eligiendo el camino más largo; ese que te lleva por otros pueblos más pequeños, bordeando los viñedos y cruzando varios puentes. La ruta normal toma unos 30 minutos en carro o en tren, saliendo desde la estación de trenes de Trier (todos los días, cada 40 minutos y solo de 9am a 12pm); pero cuando no hay prisa y es necesario detenerse a tomar fotos del paisaje, el tiempo es lo que menos importa. Llegar a Saarburg es oler sus uvas y tentarse a mirarlo desde arriba.

Podíamos subir en carro o caminando, algo que le gusta mucho a los alemanes; pero la emoción y la vista se me fueron hacia el teleférico. Vas allí montado, con los pies al aire pasando sobre los viñedos, viendo como Saarburg queda cada vez más abajo y lo sientes sereno. Cuando llegas a la única parada, la mirada se pierde sobre todos sus techos oscuros, las paredes pálidas, las calles pequeñas y el verde tan característico de estas zonas, acostumbradas a vivir en tranquilidad. Aquí hay un restaurante, un poco costoso por ser el único, y una de las atracciones que más me gustan en el medio de este bosque: el Rodelbahn, una especie de trineo que manejas con una palanca sobre un tobogán y que alcanza velocidades que dan risa de la buena. Hay que pagar dos euros cada vez.

La cascada de 20 metros es una de las principales vistas de Saarburg

La cascada de 20 metros es una de las principales vistas de Saarburg

De las vistas bonitas de Saarburg

De las vistas bonitas de Saarburg

El castillo se asoma en la colina de Saarburg

El castillo se asoma en la colina de Saarburg

Saarburg está en medio de una región vitivinícola y por eso son tan conocidos sus vinos. Las colinas a su alrededor parecen cuidarlo, al igual que el castillo levantado en el año 964 por el conde Siegfried de Luxemburgo y que es hoy en día uno de los castillos más antiguos del oeste de Alemania, además de ser propiedad de los arzobispos de Trier desde 1046. Gracias a sus 137 metros de altura, el viajero puede tener otra visión de Saarburg; desde aquí me gusta cómo se dibuja el río y como las personas se ven como piezas puestas en un dibujo muy bien pintado.

Las calles y las casas de la parte vieja de Saarburg van contando su historia. Se sabe que fue tierra de marinos, pescadores y especialistas en el arte de fundir campanas; por eso en la fachada se ven símbolos que describen las profesiones y también las iniciales de los antiguos dueños de esas casas. Todo está resumido en un museo al que se llega muy fácil, siguiendo los avisos que no faltan en el lugar. Sin embargo, la atención en Saarburg se la lleva una cascada de 20 metros que cae justo en el centro del pueblo. Estás sentado allí, en cualquier café, con el sonido del agua al lado y viendo como todos se detienen a hacer fotos; no tan solo porque le otorga una atmósfera de ensueño al lugar, si no porque esta cascada mueve aún al viejo molino, del que también hay un museo al que se llega si se sigue el camino de la corriente.

Quédense un rato sentados por allí, prueben un café, un strudel de manzana, un helado de vainilla. Miren las vidrieras, las señas de las fachadas y eso sí, caminen despacio, sabiendo que están caminando sobre mucha historia. Una que vale siempre la pena recordar para contarla después.

Las calles de Bernkastel-Kues En el camino de Trier a Bernkastel-Kues, el río Mosel nos hace compañía. Nos separan 50km que cubrimos en poco más de media hora porque hacemos fotos en el camino. Sabemos que estamos cerca, porque a lo lejos se deja ver el Landshut, un castillo construido en 1277 por los arzobispos y del que hoy quedan algunas ruinas, después de que lo consumiera un incendio en el año 1692. 

Desde Landshut se tienen unas vistas hermosas del pueblo

Desde Landshut se tienen unas vistas hermosas del pueblo

Otra vista desde el Castillo

Otra vista desde el Castillo

No sé bien qué ocurre cuando vamos de un lado a otro, pero a medida que me acerco al pueblo, me gana el silencio y la sorpresa; como si un halo de fantasía cubriera el lugar para que uno vaya por ahí caminando con cierto hechizo. Me empeñé en verlo desde arriba primero; supongo que es como ver un rompecabezas y tratar de entender las piezas. Por eso subimos hasta el castillo desde donde se ven perfectos los viñedos, el río Mosel con unos reflejos casi perfectos y el pueblo: Bernkastel a la derecha y Kues a la izquierda, separados por un puente. En el castillo hay una cafetería y un kiosco pequeño, y aunque no se puede subir a la torre, la vista que brinda es insuperable. Se puede llegar al castillo caminando desde el pueblo y por el medio del bosque -insisto, a los alemanes siempre les va a gustar más esta opción- o en carro, pero hay que dejarlo en un punto específico y caminar un trecho que no es nada largo, pero sí empinado.

Bernkastel-Kues tiene poco más de ocho mil habitantes y se levantó al lado del río Mosel, rodeado de viñedos. Si colocan en Google el nombre de Nicholas of Cusa, leerán la historia de este cardenal que nació en Kues y que es considerado uno de los principales filósofos, astrónomos y matemáticos del siglo XV. Por eso es posible llegar hasta su casa y pasar por algunas otras áreas del pueblo relacionadas con el personaje.

Camino Bernkastel con esmero y no sé cuánto tiempo paso al frente de la fuente de St. Michael en Market Square y entre las casas de distintos siglos. Miro las fechas en las fachadas, toco las paredes, veo las vidrieras en las que se exhiben vinos blancos y rosados (y no muchos tintos); quiero tomarme una cerveza en cada lugar. Camino sin orden y con una emoción extraña, hago la misma foto varias veces, vuelvo sobre mis pasos; como una niña.

Market Square y la fuente de St. Michael

Market Square y la fuente de St. Michael

La fuente del doctor

La fuente del doctor

Cualquier calle desemboca en un café

Cualquier calle desemboca en un café

Me detengo frente al Spitzhäuschen, el edificio más antiguo del pueblo y quizá el más conocido. Data de 1416 y llama la atención porque su base es mucho más angosta que el resto de la casa; además, está un poco inclinado. En la planta baja tienen la promesa de hacer una de las mejores catas de vino del lugar. Subimos, bajamos; nos quedamos un rato en la terraza del café Alter Klosterhof en donde de tanto en tanto se frena algún guía turístico para señalar que justo al frente hay unas escaleras que llevan a una antigua sinagoga y el camino hacia las casas donde vivía una familia judía que fue perseguida y enviada a campos de concentración.

Dos fuentes más captan la atención: la Bärenbrunnen (la fuente del oso) y la Doctorbrunnen (la fuente del doctor) y mientras se camina buscándolas, hay que ver entonces la iglesia de St. Michael del siglo XVI, con el campanario que fue, en su momento, una torre para defender la muralla.

Para ver más fotos de estos pueblos en Alemania, haz click en este ÁLBUM

PARÉNTESIS. En Trierweiler, desde donde escribo, un pueblo a las afueras de Trier -la ciudad más antigua de Alemania- me contaron la leyenda de dos ratones escondidos en la Catedral; dicen que los animalitos son los verdaderos guardianes de las reliquias y las oraciones. Ya había visitado el lugar varias veces y no había escuchado algo similar, ni visto ratones por ningún lado; por eso volví con la curiosidad intacta para saber si era cierto y en el camino supe que esa historia también es conocida entre los niños, quienes van por ahí buscando a los ratoncitos de cobre. Los encontré, pero no diré en dónde, para no perder la gracia. En este pueblo también me hablaron de los Dioses del frío; San Pancracio y Santa Sofía vendrían en dos noches específicas de mayo (13 y 15) a congelar las plantas porque serían las noches más frías del mes. Había que abrigarse y guardar los geranios en el calor de la casa. Una de esas mañanas, en el canal de televisión local y durante el anuncio del estado del tiempo, dijeron que los Dioses no iban a congelar nada. Pero hizo frío.

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