El día que perdí la razón

“La única manera de librarse de una tentación, es sucumbir a ella” -Oscar Wilde

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Mi andar descalzo por la arena, la despreocupación de llevar una toalla al hombro y un sombrero casi de medio lado me hacían ver la fachada del restaurante Juana La Loca desde la acera del frente, sin atreverme a cruzar la calle. A mi espalda, la bahía de Pampatar desbordaba brisa, olas y un olor a empanadas al que siempre es difícil resistirse. Entonces, seguía caminando y me alejaba de ese nombre seductor, de esa casa con grandes ventanales, con la promesa de dejarlo para una próxima ocasión.

Llamé un día antes para reservar y la mesa solicitada la tenían a punto cuando llegué al sitio, sin el desparpajo propio de quien ha pasado todo el día en el mar. Era temprano, apenas las 7.28 de la noche para darle exactitud y habían solo tres mesas ocupadas. No recuerdo si había música de fondo o eran ya los propios comensales que comenzaban a enloquecer y tararear sus propias melodías. Me quedé un rato mirando la decoración del techo, las paredes altas, el sofá de la esquina y fue la carta de vinos que me presentaron la que me sacó del letargo.

No fue difícil elegir el vino tinto, ni los platos que pasarían por la mesa esa noche. Los encargados de atendernos hablaban con tal convicción que era imposible decirle que no a sus recomendaciones. Ellos describían los sabores y todos explotaban en la boca con sutileza, con elegancia, con el sabor del mar que tienen al frente, con el paisaje entero haciendo suyo el plato. El ají dulce salta por todos lados, hace su propio espectáculo y yo aplaudo.

Como entrada, el pulpo al grill. Ni mucho, ni poco, suficiente sobre una crema de aguacate. De plato principal, lomito con dátiles y tocino con un puré de zanahorias. A estas alturas y apenas una copa de vino tinto sin terminar, estaba entregada sin remedio a todo lo que ocurría a mi alrededor. Las mesas estaban completamente llenas, todo era risa, sonido de cubiertos y pasos apresurados. Cuando llegó el postre, un volcán de chocolate, tuve que comenzar a aceptar la idea de que ya se acercaba la hora de irme. Había sido una experiencia grata de sabores.

Dicen que el restaurante Juana La Loca es el lugar para vivir la locura a través del paladar, que es allí donde se pierde la razón. No puedo estar más de acuerdo.

PARÉNTESIS. Juana La Loca está en el casco histórico de Pampatar, frente a la bahía, en la Isla de Margarita. Tiene capacidad para 60 comensales y forma parte del Hotel Isabel La Católica. Para ir, tienen que reservar por el teléfono +58 295.935.01.52 ¡Buen provecho!

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