Boconó es una melancolía verde

Un viaje lleno de montañas

Un viaje lleno de montañas

Podría comenzar diciendo que íbamos con el sueño a punto, viajando desde Maracaibo hacia el estado Trujillo, uno de los estados andinos de Venezuela. En algún momento, un aviso se dejó leer: “Bienvenidos a Trujillo, tierra de santos y sabios” y cuando me apuré a leerlo en voz alta, todos habían caído en el sopor que deja el rodar por una carretera por varias horas. Iríamos hacia Boconó, la segunda ciudad más importante del estado por su número de habitantes, por su agricultura y carisma. Le dicen “el jardín de Venezuela” desde que Simón Bolívar la nombró así en uno de sus andares, por allá en 1813. Boconó es verde, abrazada por montañas, por el frío de Los Andes. Es ella una ciudad detenida en sus creencias, en la sencillez de quienes te reciben y te dicen que pases a conocerla.

Llegamos más tarde de lo previsto, cuando ya la noche era muy noche como para salir a caminarla. Boconó es una suerte de subidas y bajadas llenas de fachadas que han soportado los años; es colorida, callada y ruidosa al mismo tiempo; pero en ese instante cuando nos vimos parados al frente de la Posada Machinipé todo era silencio y frío. Esa madrugada venía con la promesa de arroparnos con sus 12 grados y había que descansar, de cualquier manera.

Me gusta el ritmo de esta esquina

Me gusta el ritmo de esta esquina

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y el silencio de aquí

Algunas casitas en el camino

Algunas casitas en el camino

Al día siguiente el frío seguía ahí al lado de una taza de café humeante. Iríamos a la Plaza Bolívar, frente a la Catedral; nos pasearíamos por algunas historias, que nos llevarían a otras y a otras que nos harían volver al mismo punto, para luego seguir el viaje. Ahí, en su centro, Boconó grita en las esquinas, no deja espacio para estacionarse y es, al mismo tiempo, un caminar pausado. Los señores van de sombrero, las señoras lucen abrigadas. Dice Ovidio Marín Valenzuela, el cronista de la ciudad, que Boconó se remonta a 1563 y eso lo convierte en uno de los lugares más antiguos de Venezuela. Así que uno no solo va caminando por las calles, sino que lo hace por unas que están llenas de historia.

Entramos con curiosidad a Malteadas La Paz, ahí al frente de la plaza, un establecimiento que está desde hace poco más de 50 años y que comenzó siendo una frutería en la que vendían tizanas, hasta que al señor de la casa se le ocurrió idear unas malteadas de distintos sabores que se siguen vendiendo hoy en día. Una es suficiente para dos personas; son cremosas y llenan de gusto el paladar. Estaba claro que no nos iban a contar todos los ingredientes con que las hacen, el secreto está en la cocina y uno se entrega al sabor, sin pensar en nada más.

Lo mismo hace Teresa Castellanos con sus “chulas”, unas galletas crujientes y dulces a base de harina y papelón que son suyas desde hace más de 60 años y que aprendió a hacer en la misma casa que la vio nacer y crecer. La masa, que comienza a preparar desde un día antes, se le desliza en las manos con una agilidad que solo le pertenece a la experiencia. Su cocina huele a dulce y caliente. Las bandejas están ordenadas al alcance de su vista y de esa masa redonda que extiende con entusiasmo, es capaz de sacar pedazos finos que luego se volverán crujientes y deliciosos. Sus galletas llevan impreso el nombre de Chulas Café y cuando salimos de su casa, lo hacemos con el abrazo cercano y las manos llenas de bolsas dulces. Se disculpa varias veces por el desorden, nos cuenta las ideas de restauración y entre las palabras solo alcanzo a ver el cariño por lo que hace. No hay nada fuera de lugar, la esencia de sus galletas reposa en todas las esquinas de su estancia.

La masa de las chulas

La masa de las chulas

Una obra de Alberto Manzanilla en el Trapiche de Los Clavo

Una obra de Alberto Manzanilla en el Trapiche de Los Clavo

Una mañana, después de dos tazas exageradas de café y mientras los demás estaban dando tumbos dentro de la posada, me fui calle abajo a ver qué pasaba. La plaza La Alameda apareció en una esquina y dos preguntas después supe que ahí también estaba Radio Jardín, la primera emisora de Boconó. No eran ni siquiera las ocho de la mañana, cuando dos viajeros pasaron con sus mochilas cansados por la subida. Se detuvieron en Machinipé, de donde yo venía, y les prometieron cuarto y desayuno caliente.

Ya no llegan muchos turistas a Boconó, no como antes. Sigue siendo tierra próspera, la ciudad de la agricultura, pero parece que la gente se va hacia otros caminos. Así lo siente Maritza Ganteaume, la dueña de la posada que nos recibe. “Uno sigue trabajando, porque queremos que siempre venga gente, que disfruten la montaña. Aquí todo es muy tranquilo, aquí se vive bien. Hay paisajes y gente bonita”, me dice. Y eso es cierto. Basta con detenerse en una acera y ver el movimiento de Boconó para saber que uno necesita volver en algún momento. No es solamente ese conjunto de calles que sobreviven en su centro; son las curvas que llevan a otros parajes. Es alejarse y estar en el verde y el frío, donde todo es quietud y refugio.

Eso hicimos un día lluvioso. Subirnos al carro y conocer a Boconó desde más adentro. La neblina a veces no dejaba ver bien los avisos del camino y otras, se iba de la ruta y  despejaba como dulce melancolía.  Buscábamos algún cartel que nos anunciara que ahí quedaba el taller de Alberto Manzanilla, un reconocido artista de la zona. Su nombre salta de varios lados y era preciso llegar hasta donde él estaba.

El taller de Alberto Manzanilla es un mundo dentro de su mundo

El taller de Alberto Manzanilla es un mundo dentro de su mundo

Alberto Manzanilla, manos trabajadoras

Alberto Manzanilla, manos trabajadoras

Cuando conseguimos la casa, en el borde del camino entre Boconó y el pueblo de San Miguel, ya la tarde amenazaba con irse. El olor a madera que brota de su taller se siente desde la carretera. El mismo Manzanilla nos abre la puerta, da la mano con fuerza y abraza con calidez. Es un experto tallador de madera, un oficio al que la familia se avoca. Juntos tallan figuras religiosas e históricas y llenan la casa de colores y viruta. Manzanilla cuenta su vida con esmero, se le corta la voz cuando se pasea por su pasión, por el esfuerzo. Son manos trabajadoras y creyentes y eso se siente al ver sus piezas, al probar el café que hace una de sus hijas para calmarnos el frío. Tallando salió adelante y no hay cabida para más nada; así lo dicen sus premios y reconocimientos internacionales, pero sobre todo su sencillez.

Me tropiezo con una de sus creaciones en una ventana de Machinipé y luego en el Trapiche de los Clavo, hoy convertido en Museo del café y de la caña de azúcar, y donde también se exhiben las obras de muchos artesanos del país. Allí también está la casa de Tejido Artesanal, de la que Soledad Mejía se ha encargado desde hace 15 años. Entre las telas ha conseguido el sustento y quiere seguir así, porque es lo que le gusta. No se imagina viviendo de otra manera.

En el Trapiche Los Clavo, verde y floreado

En el Trapiche Los Clavo, verde y floreado

¿Alguien ha visto un momoy?

¿Alguien ha visto un momoy?

La mañana antes de irnos de Boconó, veo sus calles desde una colina. El sol apremia, pero el clima es fresco. Siempre faltarán días para conocer más historias y por eso creo que hay que volver a los lugares, porque nunca son los mismos, porque la manera de entender la grandeza es escuchando y observando con detenimiento. Boconó nos abrazó con su verde y su lluvia todos los días; nos despidió con su sonrisa y el sabor del café, siempre café. Será necesario regresar.

Aquí, puedes ver MÁS FOTOS

PARÉNTESIS. Estuve en Boconó con el equipo de Los Cuentos de mi Tierra, un programa de televisión conducido por Érika Paz en el que narra las historias de los pueblos, sus atractivos, su gastronomía y personajes. El tras cámara de ese viaje ya lo conté AQUÍ

Y MÁS. En Boconó todos cuentan la leyenda del Momoy: duendes que habitan las montañas y parajes andinos; bajitos, vestidos con ropas indias y sombrero y con una rama verde en la mano a manera de bastón. Dicen que cuidan el ambiente y asustan a quienes no se portan bien con lo que los rodea. Nosotros no vimos ninguno, pero sí varias esculturas que recrean a este singular personaje.

3 comentarios en “Boconó es una melancolía verde

  1. Eliana dijo:

    Me encanta este post, esa forma de escribir tuya, nos llevas a los lugares y evocas con tu escritura el olor de cada paraje, recordé cuando estuve en Trujillo, cuando me asomé por los ojos de la Virgen de la Paz, todos esos espacios están llenos de un silencio fabuloso, además nos das a entender que por esos lares la amabilidad aún no se ha ido, que permanece junto con la calidez de su gente, el verde de esas tierras andinas no puede pasar desapercibido en cada foto, sencillamente espectacular que Venezuela aún guarde la esencia de su historia, mil gracias por poner con tus palabras a nuestro país en alto.

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