San Felipe, el valle de Yaracuy

Nirgua

Sentarse a observar el verde de Yaracuy. Todo es contemplación

¿Son tres horas o tres horas y media? En todo caso debemos estar llegando poco antes del mediodía. Eso dijimos y lo que no sabíamos era que el camino nos daría chance de ir con lentitud, de hacer dos paradas, de dudar de la ruta o de mi maestría como copiloto. Dejamos a Caracas atrás y sin tráfico llegamos al verde de San Felipe, otro valle, otras montañas escoltando las casas. Un valle como Caracas, quizá más pronunciado. Yaracuy no sería más una opción de paso de un estado a otro. Era el destino, las ganas de recorrer lo que se pudiera en esa estancia corta de cuatro días.

San Felipe, la capital, huele a montaña, sabe a naranja. Y es a la montaña donde subimos, en algún punto muy cercano al Parque Nacional Yurubí para alejarnos del ruido. Allí la posada Granja Momentos se convirtió en casa por unos días. Fue allí donde nos quedamos en silencio en la piscina y su cascada de agua de manantial para que se nos olvidara el resto, incluso lo que haríamos. Esa tarde nada importaba; solo la brevedad de la hamaca, la cena oportuna, el dormirnos temprano.

[El restaurante de la posada Granja Momentos forma parte de la Ruta Gastronómica de Yaracuy. Un esfuerzo que arrancó en septiembre de 2015 para realzar los sabores de la región. En la cena hubo espacio para los Bollitos pelones sanfelipeños (con carne de res y cerdo), y hubiera sido una exageración pedir la Falda nirgüeña o una sopa de quinchoncho. Sin embargo, quedó la promesa de probar el Cacuy, el coctel estrella de la ruta que es una mezcla de cacao, cocuy y algo más que no alcanzo a recordar]

¿Cómo huye uno de aquí? No se puede. Esto es Granja Momentos

¿Cómo huye uno de aquí? No se puede. Esto es Granja Momentos

La única razón para dormir temprano era que al amanecer partiríamos hacia Nirgua, a 45 minutos de San Felipe, por una vía que no conocíamos y de la que todos advierten que es peligrosa por las curvas y el relieve del camino. Una vez más, perdimos la salida porque la copiloto -nadie más que yo- iba distraída, pero volvimos y llegamos a tiempo a la frescura de Nirgua, que es más alta, que tiene vientos, que tiene naranjas. Allí nos esperaban Gerson y Sorut de Planet Parapente para hacer un vuelo tandem sobre todo el verde. Y esto es preciso leerlo tratando de sentir un olor a pino fresco.

Atravesamos la montaña en medio de un bosque de pinos, altos, delgados, quietos. El motor del rústico era lo único que retumbaba en ese silencio. Nos detenemos, hacemos algunas fotos, hago anotaciones que perderé más adelante. Los árboles nos arropan, se vuelven elegantes tras cada curva. Entonces, cuando llegas al sector Los Pinos, porque así se llama el lugar desde donde vuelas, crees que ya el intento ha valido la pena. Mientras preparan los parapentes, el Charro volador de Nirgua se anima a cantar. Había permanecido en silencio dentro del rústico desde que iniciamos el ascenso, pero una vez en confianza recuerda sus “canciones aéreas”, nos hace reír, nos dice que lo busquemos en YouTube, envía saludos, nos pide que lo grabemos. El Charro me dice que corra, que corra como si más nunca fuese a tocar la tierra, que somos el cielo y yo.

Volamos sobre Nirgua. El viento nos permite jugar; grito, me callo, vuelvo a gritar. Contemplo. Somos livianos y la brisa nos sacude. Abajo el verde, los pinos, el calor, el ruido. Arriba solo la ligereza de volar, un acto cercano de libertad o, mejor, de liberación. No se puede cansar uno de volar, pienso. Y quizá por eso entiendo que Sorut, mi piloto, tenga 18 años volando sin cansarse. Alza los pies, alza los pies cuando te diga y cuando me dijo, los alcé. Y aterrizamos como se debía, hizo calor como se esperaba, nos abrazamos de alegría, doblamos los parapentes, nos contamos historias, hablamos del viento, pronuncié la palabra “termodinámico”, miré la montaña. Silvia sonrió. Y todo eso pasó mientras el Charro bajaba de la montaña con el carro y siguieron pasando más cosas mientras nos fuimos todos a ver la quietud desde una pequeña casa, mientras buscamos naranjas y nos despedimos hasta una próxima vez.

Mira hacia arriba, que la vista se pierda. Escucha el silencio

Mira hacia arriba, que la vista se pierda. Escucha el silencio

El charro volador, antes de animarse a cantar

El charro volador, antes de animarse a cantar

y la felicidad de volar...

y la felicidad de volar…

Era poco más del mediodía cuando volvimos a San Felipe y ya nos esperaban para llevarnos a recorrer algunas de sus historias. Y fue allí cuando mi mente se distrajo con las imágenes del terremoto que devastó a la ciudad  en 1812, que hundió a San Felipe el Fuerte -el antiguo casco histórico- y que hoy es un parque en el que se pueden ver algunas ruinas de la iglesia, de la cárcel de mujeres, del ayuntamiento. Me hablan, pero mi mente está fija en ese desastre que desapareció casas, que se llevó vidas; en la extraña advertencia de no visitar el parque después de las cuatro de la tarde para no sentir otras presencias. Yaracuy es tierra de creencias. Nada me saca del ensimismamiento, ni siquiera las iglesias que vemos, la plaza por la que caminamos. Recuerdo, eso sí, la importancia de los chaguaramos y alzo la vista para encontrarlos de tanto en tanto; recuerdo también algunas fuentes, los complejos deportivos y como se pasa de un municipio a otro sin siquiera advertirlo. San Felipe fue devastada cuatro veces: tres, por pobladores cercanos y una última por el terremoto. Lo pienso muchas veces. Quedó hecha polvo y se levantó siempre.

Como aún quedaba tarde y entusiasmo, las risas se nos guardaron en el galpón donde fabrican la Cerveza Artesanal YaracuyAllí nos recibió Daniel, uno de sus creadores y nos enseñó los sabores de los granos, el proceso de elaboración. Nos contó cómo comenzaron con la idea en una casa pequeña de Caracas, luego, como los vecinos se quejaban de los ruidos de las botellas a altas horas de la noche. Recordó cómo eran las jarras que usaban al principio, cómo fue que renunció a su trabajo para dedicarse a este sabor artesanal que llevaría después el nombre de Yaracuy, que sería cerveza rubia, ambar, roja y negra -la que degusto mientras escribo estas líneas- Entendimos de fermentación, de temperaturas, de lupulus y grados alcohólicos. Entonces, en su patio, en esa suerte de brisa, probamos todos los sabores, armamos conjeturas, soñamos nuevos proyectos, nos reímos. La cerveza hace reír y esta, tan artesanal, tan hecha con cariño también forma parte indispensable dentro de la Ruta Gastronómica. Todos los restaurantes, cinco en total, la exhiben con orgullo. La pueden probar en Granja Momentos, en La Sazón de Belkis, en Cántaros, en El Tibón y en el Hotel El Fuerte. Están cada vez más presentes, donde se pueda. Daniel y Andrés tienen ganas de producir mucho más de 800 botellas al mes que es el promedio que tienen actualmente. La cerveza, después de tanta, te hace dormir.

SanFelipeElFuerte

Hay mucha historia entre los árboles de San Felipe el Fuerte

CervezaYaracuy

Rubia, Ambar, Roja o Negra. La Cerveza Artesanal Yaracuy es buenísima

Pero amanece y tenemos anotado este dato: el Parque de la Flora Exótica Tropical es el más grande de Latinoamérica. Y así nos lo cuentan bien cuando llegamos: no es el más grande en extensión, pero sí en botánica. Tiene más de cinco mil especies de plantas que cuidan con ahínco. Recorremos cuatro kilómetros de sus diez hectáreas, nos hablan sobre poco más de 200 plantas en un paseo que se puede hacer caminando, en carrito eléctrico o en carretas haladas por caballos los fines de semana. Es exótico, es tropical, es nuestro. Un jardín que es casi el patio del Hotel Antigua Misión donde también está un museo en el que se cuenta de manera breve, pero completa, cómo los monjes llegaron a esta zona, crearon una misión y se mantiene el nombre hasta nuestros días. El parque es verdor, a pesar de la sequía de estos días (digamos que es febrero del 2016), es aire puro y calma, como Yaracuy entero que no sabe de apuros.

Por eso fue que dormimos lo que quedaba de tarde. Había sol, brisa y hamaca y un menú extenso que nos aguardaba en Cántaros y luego, en La Sazón de Belkis donde nos atendieron con esmero y sabores. El primero, un restaurante de carnes que, dentro de su ruta yaracuyana, tiene asado negro a la leña o dulce de lechosa con queso telita, además de la cordialidad de Tomás Laya, su dueño, que tiene al llano en su verbo. La tarde sabía a cortes de carne, a pollo, a costillas, arepas. La tarde era olor a leña, sabor a leña. Y fue por eso que Belkis casi no nos perdona que hayamos llegado a su restaurante con el estómago lleno y fue preciso reírnos y contarnos la vida antes de probar algunas de sus recetas, para hacer espacio, para saborear. Así supimos que Oscar y Belkis están en ese rincón desde 2002 cuando comenzaron a vender comida a domicilio. Crecieron en ese espacio que alberga solamente 40 personas; crecieron en sabor, lo convirtieron en escuela. Cuentan que están en pleno centro de San Felipe, que el restaurante no tiene nombre en la fachada y que no le hace falta, siempre hay cola para entrar, siempre está lleno y por eso abre únicamente de 11.30 am a 2pm, menos los domingos. Entonces, probamos platos de la ruta, como las Cesticas de plátano verde con chicharronada, ensalada de pipi-rana y pesto; y también su versión de Bollitos pelones sanfelipeños, para cerrar con un Quesillo de café y un ponche de café con cocuy que nos mandó a dormir hasta el día siguiente, sin miramientos.

Un cuadro vivo en el Parque de la Flora Exótica Tropical

Un cuadro vivo en el Parque de la Flora Exótica Tropical

La capilla del Hotel Antigua Misión

La capilla del Hotel Antigua Misión

Pasaron cuatro días. Se nos fueron cuatro días y como siempre ocurre, se nos hicieron cortos, cortísimos. El desayuno en Granja Momentos se extendió hasta el mediodía, entre charlas, nuevos planes, tranquilidad. La vuelta a Caracas se hizo en silencio y entre canciones varias. Salimos de un valle verde, para volver a otro, el que siempre nos aguarda.

PARÉNTESIS. Muchas, pero muchas gracias a Aura y Efraín por recibirnos a Silvia y a mí en Granja Momentos y cuidarnos tanto. Gracias por los itinerarios, por querer contarnos tantas historias sobre Yaracuy. Gracias también a mi amiga Érika Paz por emocionarse tanto con el viaje y armarnos una ruta llena de recomendaciones y a la Corporación Yaracuyana de Turismo (CORYATUR) por darnos conocimientos de estas tierras. Gracias a todos los que nos recibieron en cada lugar, por el tiempo, por responder a nuestras preguntas. Y, por favor, pasen a leer lo que Silvia está contando sobre este viaje en su blog

PUNTO y APARTE. La buena gente de Planet Parapente también hace vuelos tandem de 15 minutos en Mérida y la Colonia Tovar. Pueden seguirlos en Instagram (@planetparapente) y enterarse de los detalles.

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2 comentarios en “San Felipe, el valle de Yaracuy

  1. Shale dijo:

    cuando era niña, de 3 años en adelante, pasé mis mejores vacaciones en San Felipe, con una abuelita que la vida me regaló.. conocí el Parque Yurubí y me bañé en sus aguas bien frías (cómo olvidarlas), y seguramente también me llevaron a San Felipe El Fuerte, pero casi no lo recuerdo.
    Leí el post y me fui a esa estapa… GRACIAS

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