La Ciénaga, ese pedacito de Caribe

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¿Qué esperas del Caribe? La brisa, sus azules, un agua de coco fresca, palmeras, casas de colores, gente que sonríe, gente que cuenta historias. Lo esperas, lo buscas y el Caribe da eso y más, porque es así: desenfadado, generoso, cálido. Lo conviertes en delirio y es ahí cuando también se vuelve anhelo constante. Cada cierto tiempo necesitas sentir la arena bajo los pies, ver otros matices, entregarte a ese andar distinto tan lejos de la ciudad. Y quizá es por eso, solo por eso, que un día decidas ir a la Ciénaga porque nunca la has visto o porque quieres volver. Como sea, vas a la Ciénaga y es posible que hagas la misma ruta de esos viajeros que, como también querían ir a Yapascuadecidieron manejar desde Caracas hasta la Bahía de Patanemo, comer empanadas en el kiosco de Gigi mientras negociaban el precio de una lancha que los llevaría primero a la Ciénaga -que queda en Aragua, que es parte del Parque Nacional Henry Pittier-, los buscaría cerca del atardecer para dejarlos en Yapascua y volvería por ellos al día siguiente para dejarlos otra vez en Patameno y sus olas altas y bravas. Quizá sea eso lo que quieras hacer o a lo mejor no y para no dar tantas vueltas, vas a llegar a la Ciénaga tomando una lancha desde Ocumare de la Costa. Pero vas a ir, y eso es lo que importa.

Entonces, cuando llegues, verás que hay mucha gente apostada en la orilla. Sillas y sillas que se agolpan al lado de las cavas con la cerveza fría; porque es ahí donde te deja el lanchero que asume que eso es lo que estás buscando. Vas a caminar de un lado a otro, sabiendo que no hay espacio posible para contemplar el mar y puedes elegir quedarte allí o alejarte, alejarte mucho. Buscas aire, ¡eso fue lo que hicieron los viajeros y por eso lo puedo contar! y vas con las mochilas a cuestas o lo que sea que lleves encima, esperando que el Caribe se asome y te diga ¡aquí estoy!

Y lo que pasa cuando caminas, dejando a la gente atrás, es que comienzan a aparecer las casas de colores, que el mar se vuelve turquesa, azul claro, verde, azul oscuro. Que de las ventanas aparecen caras curiosas, que luego solo habrá quietud, corales y un mar que si quieres, puedes decir que es solo tuyo. Nadie te va a llevar la contraria. Porque lo que pasa es que no solo vas a apreciar que ese pedacito de Caribe te pertenece, sino que te va a encantar el contraste del verde de la montaña y el azul del mar, que vas a delirar cuando los rayos del sol incidan sobre el agua y te hagan entrecerrar los ojos, o mirarás con calma el trayecto que lleva un velero que irá a quién sabe dónde o terminarás conversando con alguien, lejos de todo, lejos del ruido.

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No vas a entender porqué la gente prefiere quedarse del otro lado, en ese apretujamiento bajo la sombra, pero vas a decir que mejor así, que ojalá no dejen basura. Estás en la Ciénaga y la miras de cerca, pero también de lejos porque del otro lado hay mucho más para ver o nadar y te dices que será para una próxima vez, que siempre será buena idea volver.

PARÉNTESIS. Los fines de semana La Ciénaga siempre estará llena de gente, aunque pueden conseguir alivio si caminan, como hicimos nosotros. Pero anoten este dato: allí en su orilla está Coral Lagoon Lodge y ofrecen planes full pensión solamente de viernes a domingo. Incluyen todas las comidas, bebidas (incluso cerveza y ron), equipos de snorkel, uso del kayak, toallas, hamacas y varios detalles más. Allí los atenderá Moisés, con buena música de fondo.

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