La tormenta que ilumina los pueblos de agua

El pueblo de Ologá

El pueblo de Ologá

Alan puso en mis manos un libro y me dijo que lo leyera mientras esperaba la tormenta. Ya en la mañana me habían contado que Villasmil, Bracho, Romero y Navarro eran los principales cuatro apellidos entre las familias que viven en el Congo-Mirador y la laguna de Ologá, esos pueblos de agua que se levantan sobre el sur del lago de Maracaibo, en Venezuela y entre los que yo estaba en ese instante. Villasmil, Bracho, Romero y Navarro -leo en voz alta- y por descuido olvido anotar esos dos apellidos alemanes que también se cuelan en la historia de estos pueblos y que han dejado en ellos cabellos y ojos claros y una blancura en la piel que tiene resistencia para el sol, para vivir en el agua. Cerca de 600 personas habitan en Congo-Mirador y 300 más lo hacen en Ologá.

Todavía hay pequeñas Venecias en el Zulia, ¿cómo y de qué viven estas gentes? ¿cuántas son? ¿cómo levantan sus casas? El sur del lago, tan zuliano, es un manto vivo de capa vegetal que por siglos y siglos la región andina ha venido regalando al lago. Todos esos ríos se convierten en lago. O el lago es una continuación perezosa de todos esos ríos

Llegamos hasta allí después de navegar por hora y media un tramo del río Concha, del lago y del río Catatumbo. Partimos desde Puerto Concha, muy al sur del estado Zulia, donde todo es calor y humedad sin tregua. Por eso el trayecto es un alivio de brisa que se apaga apenas la embarcación reduce la velocidad y te queda el sol posado sobre los hombros, el calor penetrante que te marca un ritmo pausado y necesario.

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Vidas sobre el Congo-Mirador

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Congo-Mirador

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Congo-Mirador

El Congo-Mirador aparece quieto sobre sus aguas marrones. Los sedimentos que bajan por el río Catatumbo han hecho estragos en este pueblo y algunos han decidido emigrar antes de ver cómo sus casas pueden desaparecer. Ya existían registros del Congo en 1885, siempre sobre el agua. Mirador estaba en la tierra, donde se encuentra hoy el cementerio del pueblo, pero desapareció cuando el río Bravo segó el calado del lago y los que allí vivían se trasladaron al Congo a construir sus casas y entonces, unificaron los nombres.

Lo cierto es que con los días, cuando ves que tienes que buscar otras vías de navegación para pasar entre las casas porque ya el agua llega poco más arriba de los tobillos, te cuentan que ahí son felices, que no quieren irse, que ojalá no los olviden.

Yo digo que Congo es un pueblo neolítico de pescadores poetas. Creo que la manera de vivir también puede llamarse poesía. Y no pueden ser sino poetas estos seres que viven de la pesca, habitan sobre el agua, no le hacen mal a nadie, se quieren y se protegen mutuamente y no envidian la suerte de otros

 En Ologá el agua se torna azul oscuro. El paisaje se abre y al final del pueblo, se levanta sobre el agua la casa de Alan Highton, un enamorado de la naturaleza que hace muchos años llegó a Venezuela desde su natal Barbados y se quedó por estos lados adorando los paisajes, buscando mariposas, persiguiendo los relámpagos y los rayos del Catatumbo, la promesa final de este viaje. Alan es nuestro guía. En su palafito tiene para los viajeros un cuarto con cuatro literas y un aire acondicionado que no enfría demasiado y que se enciende solo si también lo hace la planta eléctrica del pueblo que funciona algunas horas durante la noche. Tiene también muchas hamacas para dormir afuera zarandeados por la brisa de madrugada, comida, agua potable, un baño que lleva todo a la laguna, como sucede en todo el pueblo; tiene la calma propia de quien no le gusta hablar muy alto,  una colección extensa de chistes malos que me hacen reír, una sensibilidad única ante todo lo que lo rodea. Son muchos años los que tiene llevando a exploradores, curiosos y a quien quiera ir hasta esta zona de Venezuela a explorar el famoso relámpago del Catatumbo, un fenómeno único en el mundo que en el 2014 entró a la lista del Récord Guinness y que este año (2016) ha puesto en grande el nombre del sur del Lago de Maracaibo, pues la NASA ha nombrado esta zona como la capital de las tormentas eléctricas. A Alan lo conocen bien por esos lados y siempre está dispuesto a dar una mano a quien llega hasta allá necesitando algo: agua, una fruta, un poco de comida.

El agua potable la obtienen de las lluvias. No tienen temor a la contaminación de las aguas por los excrementos y desechos que tiran a ella, pues dicen que los bagres desaparecen todo y el agua queda limpia. Parece mentira que esta gente quiera tanto lo que le es difícil mantener

El día transcurre con lentitud. Observar las casas de Ologá a lo lejos es casi un ejercicio de relajación. La plaga enloquece ciertas horas al día y parece que eso es un buen indicativo de tormenta. Los pescadores salen muy temprano a buscarse el sustento y es por eso que puedo ver de cerca cómo atrapan pavones, marianas o cangrejos. A estos últimos los consiguen con un método novedoso para mí: atan a una larga cuerda muchas cabezas de pollo y la lanzan al mar, para luego recogerla después. Los cangrejos se quedan prendados en la cabeza del animal muerto y alguien con mucha habilidad los va colocando en una cesta.

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En la laguna de Ologá

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En la laguna de Ologá

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Buscando cangrejos en Ologá

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La sonrisa sincera

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La mirada curiosa

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Ellos, siempre allí

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Sonriendo y haciendo preguntas

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De una casa a otra

Los relámpagos iluminan la noche

Los relámpagos iluminan la noche

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Y los rayos comienzan a aparecer

Los niños aprenden esas habilidades desde muy temprano; pescan y se lanzan al agua que es el patio de sus casas. Por eso no les gusta tanto ir a la escuela, aunque haya una en Ologá y otra en el Congo. Sus asistencias son irregulares y pueden llegar al sexto grado sin saber leer, aunque otros sí y lo cuentan con orgullo. No sé de buenas a primeras cómo funciona ese método escolar, pero son los mismos padres que se llevan a sus hijos a pescar y olvidan el hábito del estudio. Sin embargo, la curiosidad la tienen intacta. Les mostramos fotos de montañas, playas de aguas con otros colores, otros paisajes. Sonríen y preguntan con timidez, sonríen y se quedan a tu lado con esa energía inagotable que los hace correr por el pueblo y quedarse dormidos toda la madrugada cuando el más avasallante de los espectáculos naturales comienza a aparecer.

La noche es espesa en la laguna de Ologá. Duermes poco porque estás atento a todos los sonidos y al momento en que el cielo se comienza a llenar de relámpagos y rayos. Justo cuando logras conciliar el sueño -después de las largas conversaciones nocturnas, de un trago oportuno, de varios chistes- Alan te despierta emocionado porque hay tormenta. Todo es adrenalina: colocas la cámara, decides la exposición, no ves con claridad, te atrapa la noche. Aparece el rayo y lo pierdes, otro y lo pierdes. La madrugada es una mezcla de gritos emocionados, de asombro ante ese fenómeno de los relámpagos del Catatumbo. Entonces, logras captarlo en una foto; se ve lejos pero no te importa. Estuviste ahí y lo viste de cerca, sentiste el estruendo y sabes que vas a volver solo para ver el cielo derramando rayos por doquier. 

Es mediados de abril, mes en que apenas los relámpagos comienzan a aparecer de nuevo, después de la sequía. Por eso se muestran tímidos; estar allí no es promesa de que se dejarán ver, pero uno insiste en silencio y en vilo durante la madrugada. Llueve a cántaros, los truenos parecen posarse sobre nosotros, todo queda nublado. Los destellos se alejan, se esconden. Con el sueño a punto, pienso que volveré a ese lugar entre octubre y noviembre, cuando los rayos sean una fiesta, cuando Ologá y el Congo-Mirador se iluminen sin cesar noche tras noche. Mientras haya ese espectáculo, habrá también luz sobre esos pueblos de agua.

AlanOlogaPARÉNTESIS. Pueden contactar a Alan Highton a través de Catatumbo Camp , con él vivirán la emoción de los relámpagos, sabrán de la historia de los pueblos, les hablará de la naturaleza y les contará todas las anécdotas que se le ocurran. Sus tours parten desde El Vigía en el estado Mérida o se pueden organizar desde algún lado del estado Zulia. Lo importante, es que Alan hará el viaje posible.

OTRO PARÉNTESIS. El libro que Alan me dio esa noche es “Congo-Mirador. Pueblo palafítico del lago de Maracaibo” (1970), de Darío Novoa Montero. De allí son las frases entrecomilladas que acompañan a este texto.

 

2 comentarios en “La tormenta que ilumina los pueblos de agua

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