Por la llanura infinita

Navegando el estero de Camaguán

Navegando el estero de Camaguán

No deja de llover. Son casi las seis de la tarde y aguardamos dentro del carro hasta que el agua se vaya. Ya va a pasar, está pasando. A lo lejos, tres caballos galopan con lentitud guiados por tres muchachos que no tienen más de quince años. Vienen hacia nosotros, porque los esperamos desde hace rato. Ya va a pasar, pero no pasa y nos preguntan si la gente de ciudad se deshace con la lluvia, porque una lluvia moja a cualquiera y más si es en el llano.

Estamos en Guardatinajas, en el estado Guárico -en el centro de Venezuela- y llegamos hasta ahí desde San Juan de los Morros. Mas bien, desde Caracas. En algún momento del camino, me doy cuenta que no llevo conmigo ni libreta, ni lápiz, ni nada; pero me prestan una pequeña -de tapa negra y dura- y luego me la regalan, porque ya no hay remedio. Anoto esto: “Uno es puntual, pero el llanero no. Guardatinajas es un pueblo fotogénico: sonríe en amarillo”. Pienso que la lluvia no me deja hacer las fotos que quiero y que me traigo ese amarillo conmigo, en la memoria, sin poder mostrarlo. Dejo la cámara en el carro, dejo la ventana del carro abierta y todo se moja. Tengo descuido y cansancio de carretera.

Ya va a pasar, está pasando. La lluvia pasa y los caballos nos dejan cabalgarlos. Uno va con cautela y ellos con apuro haciendo sonar los cascos sobre la llanura empapada. Oscurece en plena travesía. De la lluvia queda el calor, la humedad subiendo por el cuerpo. Quedan los sonidos del llano, el olor del verde fresco, de la bosta de vaca, de la lluvia ya lejana.

El sentido del tiempo se pierde en el llano venezolano. Los días son lentos, como el hablar del llanero que también es sonoro. Alargan las últimas sílabas de cada frase, arrastran las palabras. También son discretos y se mueven con sigilo entre el verdor. Pienso en esa rutina, la del café recién colado, la del ordeño, el orden del ganado, el reconocer el sonido de las aves, el cuido de la fauna, el trabajo con las manos. Pienso que ellos saben qué pasa cuando la luna está menguante, qué es mejor hacer cuando está llena. El llanero es un cúmulo de cuentos, de supersticiones y todas encajan bien en esa tierra.

Vuelvo a dejar la ventana del carro abierta, pero esta vez solo se moja el asiento. Justo antes de eso, estaba en la casa de Ligia, quien tenía el portón cerrado y tras él, tres sillas mirando al frente. “Estábamos sentados ahí, pero va a llover y entramos todos”. Por eso nos apura hasta la parte de atrás de su casa -en Guardatinajas- a la parte de atrás de ese patio lleno de matas. Se disculpa por el desorden y enciende la luz de su suerte de estudio y depósito. Hay cajas de cervezas porque las vende para rebuscarse, hay también mucho ron y algunas piñatas que ha acomodado para que las veamos. Tienen colores -los mismos de su humor chispeante-, caras felices. Son piñatas hechas con taparas y es lo que hace desde el año 1984 para ganarse la vida. Las adorna con cariño y dice que para romperlas hay que darles bien duro. “Tú tienes buenos brazos”, me dice, “seguro la rompes rapidito”. Ligia lleva en sus palabras ese cantar llanero que sale sin prisa. Hace bromas y se queda seria, luego se ríe y se vuelve pan dulce “¿Me vas a tirar una foto? Yo soy muy fea, ¿pero dónde me pongo?”

Ligia y sus piñatas de tapara

Ligia y sus piñatas de tapara

Valentina y sus muñecas

Valentina y sus muñecas

Luego de eso fue que se mojó el asiento del carro. Eso pasó mientras nos entretuvimos en la casa de Valentina, que en realidad se llama Bruna Faustina. Ella hace muñecas con hojas de maíz, cartón y cualquier otra cosa que consiga. También hace mariposas con plumas de gallina y son magnéticas. Las vende a los curiosos y me cuenta que empezó a crearlas una vez que estaba jodía y y el marido la dejó. “Vivo en mi mundo de muñequitas, con mis trapitos, mis pegas y mis retazos”. Se ríe y no es por la risa, pero la lluvia comenzó a caer con fuerzas y ella nos lleva, apurada, hacia la parte de atrás de su casa donde hay una cocina improvisada entre las matas, y bajo ese techo cabemos todos. Busco la libreta y anoto: “la lluvia golpea las láminas de zinc y borra las conversaciones; hay que hablar más alto y por eso la risa se vuelve más ligera”. Valentina tiene el humor en su verbo. Dice que no sabe cuánto cobrarme por una de sus muñecas, que le de lo que yo quiera, porque una vez vino una señora de Maracay y por una feíta le dio mil bolívares, pero que esta que yo quiero es bonita. Antes de irme, le doy un fajo de billetes de cien que Valentina no cuenta, pero con los que se persigna antes de guardarlos en el bolsillo de su bata. Voy al carro y me mojo al sentarme.

Huelo a vitamina B12. Literalmente, todo mi cuerpo huele a eso. Es invierno en la llanura venezolana y la plaga es un desorden que me malhumora por instantes. El olor de la vitamina la aleja y me encargo de ponerme una nueva capa cada vez que creo que ya no será suficiente. Toda la ropa huele a eso, incluso después de bañarme. La llanura es húmeda, llueve y hay plaga. No hace tanto calor, o sí, pero no importa. Realmente no importa. Pienso que me gustaría darme un baño en la piscina que tengo al frente, pero me quedo zarandeándome en el chinchorro que está apenas salgo de mi habitación. Estamos en La Casona, en el Fundo Campo Claro -en Guárico, ya lo dije-, ese lugar en el que Sorelia Franco nos recibió tocando una campana y con ramazos de mastranto, porque así huele el llano y ella se asegura que uno lo sienta desde temprano. Sorelia es el alma de esa casa que tiene cuatro habitaciones hasta para cuatro o cinco personas cada una, si se dejan acomodar. Ella llegó al llano hace 21 años a hacer una cosita, pero se quedó y nadie la va a sacar de todo su verde. Sabe de lluvias, atardeceres, manos trabajadoras. Pronostica el tiempo, al mismo tiempo que se ríe y recuerda. Siempre tiene una historia a punto, la elegancia en su risa y en sus camisas de colores. Cuando tú vas, ya ella ha ido y venido varias veces. “El llano me ata, me llena de arraigo”, dice. No se le escapa nada y por eso me deja dormida en el chinchorro, pero me levanta al rato y me quedo en la cocina y en todas las conversaciones. Cándida me deja probar lo que está preparando de cena. Esperanza me regaña con cariño porque me estoy comiendo muy rápido esas tiras de ajoporro sofritas y dice que no le voy a dejar a nadie. Picamos aliños, nos servimos agua, huele a ajo y a mi vitamina B12 pegada al cuerpo.

La Casona, en el Fundo Campo Claro

La Casona, en el Fundo Campo Claro

Después de una tarde de lluvia

Después de una tarde de lluvia

Llueve tanto que no nos podemos bajar del carro. De ida y vuelta pasamos por Corozopando, después de Calabozo y compramos quesadillas. Primero una, luego tres y luego, tres más. Quienes las venden, se colocan con sus bandejas desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche al borde la carretera. Nosotros vamos directo a las que hacen las sobrinas de Esperanza. Devoramos quesadillas y sigue lloviendo. Incluso, la lluvia sigue insistiendo cuando pasamos por los Esteros de Camaguán y más adelante cuando nos detenemos en La Negra a aceptar varias cosas: que estamos a media hora de San Fernando de Apure, que el cielo no se va a despejar, que hemos rodado más de tres horas por carretera, que hay que volver porque de nada sirve seguir. Y al volver, llenamos el entusiasmo con más quesadillas. Volviendo también digo en voz alta el nombre de Generoso Capilongo cada vez que paso por la represa que lleva su nombre; un embalse que se construyó hace muchos años atrás para beneficiar el sistema de riego, pero que hizo cualquier otra cosa, menos eso. Me grabo también el nombre del Hato Masaguaral, no tan solo porque voy dos veces durante este viaje, sino porque todo lo que hacen hay que repetirlo por ahí: ayudan a la conservación del caimán del Orinoco y es posible entender cómo se reproducen, cómo los crían y luego liberan en sitios estratégicos de Venezuela.

Volviendo, deja de llover. Qué curioso. “Menos mal que se vinieron”, dice Juana, “el agua no tiene agarradero, eso es peligroso que te agarre un temporal. Dónde te agarras tú en el agua, en ningún lado. Ujum. Y pican los zancudos. Ya a mí no, porque uno es de aquí, pero son bichitos fastidiosos”. Juana es madrina de Esperanza y sabe del arte de tejer hamacas porque de eso vivió muchos años. Ya no teje, porque se cansa, pero sí enseña cómo al que quiera aprender.   “Yo soy un poco tapara”, y se ríe, “nunca aprendí a tejer con agujas. A mí me gusta a mano, es más rápido, pero ya me cansa la posición. Lo que pasa es que hay que tener paciencia y amor”. La misma paciencia y amor que ha tenido para llenar el patio de su casa de plantas con hojas de diferentes tamaños y colores. Se ríe Juana, todo el tiempo. Aunque le piquen los zancudos.

Huele a café, B12 y hay brisa fresca. Parece que no va a llover, pero el día anterior daba la misma impresión y el aguacero nunca nos dejó. Era intentarlo otra vez sobre el mismo camino o volver a Caracas. La insistencia de llegar hasta más allá de San Fernando de Apure, respondía a varias cosas: era ese paisaje el que había inspirado al escritor venezolano Rómulo Gallegos para escribir su novela “Doña Bárbara” que, de tan famosa, hace que todo el llano la mencione. Tanto, que hay una ruta con el nombre de Gallegos, levantaron estatuas de los personajes y algunos puentes llevan también sus nombres. Es hacia allá, hacia esos lados, donde el llano se vuelve verde rabioso y es tan amplio que se pierde de vista. La llanura convertida en mar, pero verde.

Cuando el temporal se nos venía encima

Cuando el temporal se nos venía encima

Juana y su arte de hacer hamacas

Juana y su arte de hacer hamacas

Un caimán del Orinoco bebé, antes de ser liberado

Un caimán del Orinoco bebé, antes de ser liberado

Sorelia me ha insistido desde la noche anterior que el Cajón del Arauca me va a dejar sin aliento, que ni aún poniendo los ojos chiquitos viendo el horizonte voy a alcanzar a ver si el llano se termina, que ya lo que uno ve a esa distancia es una bruma entre los árboles que se levantan. Anoto en la libreta: “justo después del Puente Marisela” y garabateo algunas pocas líneas que intentan recordarme luego que ese puente se llama así porque así se llamaba la hija de Doña Bárbara.

A medida que vamos desandando la carretera, caen algunas gotas, pero a los minutos se van y el paisaje queda despejado. El llano se abre, el sol se posa sobre nosotros, el cielo se pone azul clarito con nubes que se parecen a las que yo dibujaba cuando era niña. Pasamos por Calabozo, ya no nos detenemos en Corozopando a comprar quesadillas, vamos más allá bordeando ríos, siendo rutina. Es lunes, es domingo, no lo tengo claro. Casi cuatro horas después, todo está dispuesto: el puente Marisela y justo al terminar de cruzarlo, aparece ese paisaje insólito que debería escribirse en mayúsculas cuando uno intente describirlo. Es cierto, se me va la vista, se pierde en ese horizonte. La llanura está llena de agua, las garzas blancas, blanquísimas, le dan un toque delicado a ese cuadro. Nada más importa. Los cajones son llanuras extensas que luego se limitan por dos ríos y el Cajón del Arauca es uno de los más impresionantes. Debo reconocer que lo de cajón, esteros y llanuras tuve que preguntarlo después porque todos los conceptos los tenía aglomerados en la mente; así como me confunden los morichales y las palmas llaneras. Escribí antes de quedarme dormida: “el morichal le da sentido al paisaje del llano, incluso cuando las nubes cubren la llanura extensa. Los morichales son de allí, no encajan en ninguna otra parte”.

No, no sabía que habían médanos en los llanos. Ni siquiera sabía que iba a ir de un estado a otro, ni que esa carretera -si sigo siempre derecho- me va a llevar hasta Puerto Ayacucho, en Amazonas. Digo que necesito revisar un mapa de Venezuela porque no entiendo las distancias. Por eso no sé que hay médanos y menos que son varios. Y fue por eso, por curiosidad, que llegamos hasta los de La Soledad. Qué increíble. La llanura se inunda, todo es verde, los caballos van por ahí caminando con el agua a mitad de cuerpo, el ganado se apuesta en la calle y de repente, ese cúmulo de arena que no sé de dónde viene. Pregunto, pero nadie me sabe responder bien. Insisto en preguntar, pero decido quedarme callada porque lo puedo investigar después. La Soledad, anoto. La Soledad y la veo. Estoy sobre las dunas y allá arriba todo es brisa y llanura. Y arena. Entonces, volvemos.

El cajón del Arauca, infinito

El cajón del Arauca, infinito

Los Médanos de la Soledad

Los Médanos de la Soledad

Por ahí, en la llanura inundada

Por ahí, en la llanura inundada

Al día siguiente y antes de irme, me llevo unas cuantas ramas de mastranto y las dejo dentro del carro para que huela a llano incluso cuando ya nos alejemos de allí. Me despido con abrazos fuertes, con nostalgia. El verdor se ve distinto cuando vas saliendo de él. Pienso que aún no entiendo las distancias y me repito que necesito ver el mapa. Los zapatos están llenos de barro. Esa mañana tomamos leche fresca con café. Un sorbo lento, pausado, como el llano entero.

PARÉNTESIS. La Casona dentro del Fundo Campo Claro en Guardatinajas, Guárico, luce maravillosa porque es Sorelia Franco quien se encarga de ella. Eso ya lo dije. Lo que no conté con detalle es que ella logra que el viajero se lleve la experiencia del llano como se debe: desde su cocina se preparan platos suculentos, todos los detalles los cuida bien. Cándida y Esperanza trabajan con ella desde que decidió quedarse en el llano. Se conocen a plenitud. Sorelia prepara rutas, no tan solo para ver los paisajes, sino para conocer a la gente. Por todos lados saben quién es ella porque lleva 21 años aprendiéndose las mañas llaneras y por eso las sabe contar con orgullo. Uno no quiere irse sin su abrazo. Anoten también que es en La Casona el único sitio donde se puede volar en globo guiados por Jimmy Marull y todas esas aventuras las pueden coordinar con Sorelia, que hará que todo sea posible. Pueden escribirle a soreliafranco@gmail.com o seguirla por Instagram como @soreliafranco para que se pongan de acuerdo en todo.

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5 comentarios en “Por la llanura infinita

  1. Sorelia Franco dijo:

    Adriana… aquí estoy con el corazón arrugaito de emoción, reviviendo los días compartidos y esperanzada porque vuelvas, bien sea para disfrutar un paseo en bote por el Estero de Camaguan, observar las toninas, caminar entres las palmas llaneras del Estero o simplemente para conocer la otra cara del llano…pero en verano! Gracias por compartir tu experiencia llanera, aquí siempre habrá un chinchorro y un cafecito esperando nuevamente por ti

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