Déjenme dormir, que estoy de viaje

Chuao

Atrás, en la hamaca que no se distingue, estamos mi siesta y yo (la foto es de @yoendry)

Parece que son más de las tres de la tarde. El cansancio de los días pasados me ha caído sobre los hombros y lo he arrastrado hasta Chuao. Se subió a la lancha conmigo, llegó hasta el pueblo y volvió a bajar a la playa donde nos sentamos alejados de la orilla, bajo esos toldos de nadie. El cansancio me borró el habla y así, sobre la arena, me dejé caer. De a ratos me despertaba la arena que me golpeaba, me arañaba, me castigaba por culpa de la brisa; pero mi cansancio y yo éramos más fuertes. Le dábamos la espalda, girábamos sobre nosotros mismos sin importar mar, arena, brisa, nada. Luego, me llamaron y se rieron de la arena en mis oídos.

[Chuao, que siempre es tan de olas fuertes, ese día estaba sereno. O eso me cuentan. Dicen que no me desperté incluso cuando los niños pasaron corriendo cerca, levantando más arena. Pasaron dos horas. Ellos, en el mar, zarandeados por las olas, saltando de una conversación a otra, mientras me veían dormir en la lejanía de la orilla]

Donde estoy, están dispuestas dos hamacas y una silla de plástico azul. No hay paredes, solo el bambú y la madera levantando ese techo bajo que pretende ser fuerte. Es viernes a mitad de mañana, creo. Había caminado con parsimonia la orilla de Chuao que era toda soledad, antes de dejarme caer bajo la sombra de una palmera seca. Luego, mucho después de eso, incluso después de bañarnos por más de media hora en la playa, fue que llegamos a esta casa que no era nuestra, pero que estábamos cuidando. No sé de qué hablaban; dejé de entender la conversación cuando me quedé mirando el mar, al mismo tiempo que mi cuerpo se amoldaba a la hamaca. Puse un paño delgado para no mojarla -al menos no tanto- y cerré los ojos.

[Se fueron. Me dicen que nos quedamos dormidos y no les quedó más remedio que irse. Fueron al mar, a caminar otra vez la orilla. Comieron empanadas. Estaban buenas: tenían salsa de ajo. De regreso, pensaron que era buena idea comprar pescado porque estaba a buen precio, pero no lo hicieron. Intentaron pedir que les bajaran un coco, pero la persuasión no se cumplió aunque de eso quedó un chiste que alcanza para todos los viajes, para reírnos cuando estamos despiertos]

Hay mucha brisa y en cualquier momento, ese techo improvisado con palmas secas que nadie reclama va a desaparecer. Reposo la espalda en un bambú y leo un relato de Gay Talese sobre Frank Sinatra. Las olas de Chuao vuelven a ser estruendo y me adormecen. Suelto el libro, me acuesto sin orden y pongo bajo mi espalda la bolsita de plástico en la que guardé algo de dinero y mi cédula. Se me cierran los ojos, pero al primer bostezo trago arena y me quedo tosiendo un rato. Dispongo bien de lo que tengo: con el pareo que no es mío, me cubro de la cabeza al pecho. Con la toalla, que está mojada y que tampoco es mía, me tapo las piernas porque ya las palmas secas se fueron volando, porque hace sol y no me quiero levantar. Entonces, me quedo dormida; no sin antes pensar que debo parecer un algo mal envuelto allí tirado en la arena, sin nadie alrededor.

[El camión que los llevaba al pueblo se tardó más de la cuenta, por eso volvieron casi una hora después. Iban a buscar las galletas de soda con arequipe que habían dejado en la mochila. Es esperar el camión, subir durante diez minutos, es bajarse del camión y caminar a la habitación, buscar lo necesario. Es devolverse a esperar el camión, subirse otra vez, bajar durante diez minutos, caminar la orilla de Chuao y encontrarme allí, envuelta y ya casi despierta]

PARÉNTESIS. A veces echo de menos las siestas en Chuao, ese pueblo que es calma y delirio. Estas sucedieron casi con la misma gente, en viajes distintos. Pero siempre en la misma orilla. Que no se diga que el viaje no sigue sucediendo, incluso mientras duermo.

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