Cartagena, la de los colores

cartagena_cafe

No lo dije en voz alta, pero por mucho rato estuve tarareando en mi mente la canción de Carlos Vives que dice: “Dios bendiga a Cartagena la fantástica, viva el África, viva el África” y una de sus estrofas la repetía mientras íbamos en el autobús por quién sabe qué calle hasta llegar al casco histórico: También me dijo Lemaitre / Que España no se rindió / Que los piratas ingleses / A su paciencia colmó / Y levantó una muralla bien fuerte / Para salvar a su gente / Para cuidar su bandera / Me lo contó. Era esa canción mi soundtrack involuntario. No sé si fue porque sonó dos veces en mi iPod el día anterior mientras me quedaba dormida o solo porque realmente estaba en Cartagena y entonces uno canta lo primero que asocia con la ciudad. Quizá fueron las dos cosas.

Ya nos lo había advertido Laura, que bajáramos del barco con la ropa más fresca que tuviéramos, porque el calor de Cartagena se trepa por el cuerpo y cuando llega a los hombros, se hinca e intenta aplastarte de cansancio y sudor. Aun así, caminamos por varias horas hasta que al final de la tarde, antes de tomar el taxi que nos llevaría de nuevo al puerto, nos dejamos caer en el suelo para descansar y que nos diera un poco de brisa. Desde ese tramo de la ciudad vieja donde estábamos, veíamos a la nueva: los edificios altos haciendo contraste en plena costa. Ese paisaje se me hizo lejano, como de otro lugar. La Cartagena que yo había logrado ver en pocas horas estaba llena de balcones con flores, de fachadas pintadas en distintos colores, de cafés, de gente que toma una cerveza para aplacar el calor, de plazas con esculturas, de arepas de queso, de agua de coco, de cuadros e iglesias, de pinturas llenas de color. En mi mapa breve de Cartagena, todo era antiguo, real y encantador.

Fue Laura también la que haciendo un repaso en su memoria, nos iba contando algunas cosas de la ciudad porque ya había estado allí antes. Nos dijo, por ejemplo, que las aldabas de las puertas variaban en diseño, según la actividad a la que se dedicara el dueño de esa casa. Así se entendían antes. Entonces, fijo mi mirada en ellas, las toco con cuidado como si con solo hacerlo pudieran cobrar vida para decirme que las deje en paz; les tomo fotos a una, a dos, a varias e incluso a una que Laura me advierte, es más moderna. Caminando por las calles de Cartagena, recuerdo algunos días en Malta paseando entre las puertas y las aldabas con todo su polvo acumulado contando historias.

¿Eran navegantes en esta casa?

¿Eran navegantes en esta casa?

aldabas cartagena

Ni idea de la profesión, pero me encantó

Algo tenía este lugar, no sé qué

Algo tenía este lugar, no sé qué

¡Esos balcones, esas calles!

¡Esos balcones, esas calles!

Entonces, en mi memoria hay un salto: sé que estaba en un autobús, pero de repente me recuerdo dentro de un museo y no sé cuál es. Minutos antes de eso habíamos visto, de lejos, algunas calles del casco histórico de Cartagena -que es Patrimonio de la humanidad- y era ahí hasta donde me guiaban mis pies y la premura de las pocas horas. Pero antes, justo antes, había estado frente al Fuerte San Felipe de Barajas y lo vi desde abajo, altivo y quieto mientras cada minuto debía decir que no al sombrero que me ofrecían, al llavero, al magnético, a la franela, a las sandalias, a las gorras, a cualquier otra cosa que me recordara a Colombia como un souvenir. Un ruido de palabras, de intento de ventas que siempre terminaban con un “no, gracias” y una sonrisa de lado y lado.

Y de repente, la calle llena de balcones, de flores, de puertas antiguas. Los colores de Cartagena saltaban desde las aceras y no pusimos orden en el recorrido. Subíamos por donde nos parecía, bajábamos por donde queríamos y pasamos varias veces por mismas calles, creyendo que no habíamos entrado antes. Cuando llegamos a la plaza San Pedro Claver siento que Cartagena es un suspiro profundo: el cielo parecía recién pintado, la iglesia se alzaba elegante, las palomas revoloteaban, las esculturas aguardaban quietas, unas tiendas por allá, agua de coco más cerca, las fachadas, las palenqueras, la gente deteniéndose a tomar fotos a la calle de balcones con la catedral de fondo, los vestidos de colores, el olor de las frutas. Le pedí a Aniko que me tomara una foto allí y ahora cuando la veo, me río, porque aparezco como un soldado, pero sonriendo. Quizás rígida para no cambiar nada del paisaje y sonriente solo porque sí.

Ya para cuando quisimos comer -y tratar de quitarnos el antojo de un ceviche peruano, aunque Maru nunca lo había probado- teníamos mucho calor, pero nos entretuvimos viendo las pizarras con el menú del día que ofrecían en distintos lugares. Aquí no, mejor allá, ¿cuántos pesos son? ¿cuántos dólares? ¿hay que cambiar? ¿y después que hacemos si nos quedan pesos? Nos vamos hoy. Eso, justo eso: ¡nos vamos hoy! y uno quiere quedarse en Cartagena porque de a vistazos no sirve, porque queremos más. Pero entonces, almorzamos. Después de subir y bajar varias veces, de intentar caminar por calles que no habíamos pasado, terminamos en un restaurante pequeño con wifi, sopa de lentejas, pescado fresco, ensaladas y jugos de frutas. No conseguimos ceviche a buen precio, ni porciones gigantes.

El Fuerte de San Felipe

El Fuerte de San Felipe

Cepillados con personalidad

Cepillados con personalidad

Plaza San Pedro Claver

Plaza San Pedro Claver

Iglesia San Pedro Claver

Iglesia San Pedro Claver

La catedral

La catedral

Caminando del casco antiguo hacia Getsemaní. Al fondo, la Torre del Reloj

Caminando del casco antiguo hacia Getsemaní. Al fondo, la Torre del Reloj

Fachadas de Getsemaní

Fachadas de Getsemaní

Para leer con atención

Para leer con atención

La plaza de la Trinidad, en Getsemaní

La plaza de la Trinidad, en Getsemaní

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Lau, Maru y Aniko caminando por Getsemaní

Lau, Maru y Aniko caminando por Getsemaní

El casco antiguo aquí y allá los edificios altos

El casco antiguo aquí y allá los edificios altos

Como íbamos a nuestro aire, pasamos y dejamos atrás la Plaza del Reloj -entrada principal de Cartagena- y escucho que a la ciudad la llaman “la perla de Caribe”, igual que a la isla de Margarita, en mi país. Pero no me detengo en esa conversación ajena. Mas bien, cruzamos las calles para ir hasta Getsemaní, un barrio bohemio de Cartagena que me cautiva con sus colores, con su realidad, con su ocurrencia en las paredes. Ya había escuchado antes el nombre y recorrido algunas de sus calles gracias a Google Maps cuando estaba ayudando a una amiga a buscar algún hostal por la zona. Resulta que hay muchos, que es uno de los sitios preferidos por los viajeros; que bien subsiste un café, una plaza, un hostal y algún show improvisado. Sus calles son angostas, precisas, y los colores van pintando el ánimo de quienes colocan sus sillas en la puerta de las casas para pasar el rato o de quienes van caminando por allí con curiosidad.

Me gusta el aire que se respira en Getsemaní y me fastidia tener que irme tan pronto. Esa sensación me persigue todo el día: no sé visitar un lugar con tanta rapidez, pero ya que toca, uno hace lo mejor que puede para que se le grabe en la mirada. Cartagena no amerita esfuerzos, ella es completamente seductora y caribeña. Y quiero volver.

PARÉNTESIS. Esta parada en Cartagena la hicimos durante la travesía en crucero con Pullmantur. El barco llegó muy temprano a la ciudad y ya cerca de las ocho de la mañana habíamos hecho el desembarque en orden y sencillez. Los viajeros pueden contratar excursiones en el barco y realizar las actividades que más les guste como ir en carreta por el casco histórico, visitar museos o simplemente, ir cada quien a su aire. Lo importante siempre será hacer caso de la hora “todos a bordo”, para que el barco no los deje.

 

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