El carnaval de Curramba

Un relato de Marcy Alejandra Rangel, durante su paso por Barranquilla, Colombia

Fefy, la reina del Carnaval de Barranquilla 2017

Hay lugares a los que se tiene que llegar con alegría. Con ganas de que el éxtasis se convierta en el curso natural del viaje. Con la vista puesta al frente. Moviendo los hombros y contagiando al resto del cuerpo.

Así es Barranquilla en Carnaval.

Que no es lo mismo que Barranquilla en abril, o en agosto, o en diciembre. Barranquilla en Carnaval es la fiesta de Colombia. Le dicen “Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad” desde 2003, cuando la Unesco le dio ese título. Uno que suena a goce, a intangible por efímero, porque tiene esa virtud para quienes han estado ahí de poder recordarlo sin verlo materializado en otra experiencia. Quizá por eso hay letreros pegados por toda la ciudad como un presagio: “Quien lo vive, es quien lo goza”.

El carnaval es la oportunidad que tiene una ciudad habitualmente poco turística de recibir a un millón y medio de visitantes de todas partes del mundo en sus calles y mostrarle lo más auténtico de su rutina, la cadencia de sus caderas. Shakira se queda abandonada en el imaginario del extranjero para dar paso a una diversidad de géneros folklóricos que se entremezclan en una especie de guaracha con vallenato, salsa y champeta, en la calle, en el taxi, en los hoteles, en las mismísimas puertas de los apartamentos que se adornan con antifaces y colores, como si fuese Navidad. Los DJ proponen temas emblema desde antes de que empiece la fiesta. No importa si son nuevas o viejas, si son locales o las impronunciables letras heredadas de África. Todo es válido.

La champeta es ese eslabón perdido entre los tambores y el dembow del reguetón; entre la técnica que da la calle y la velocidad del baile en la costa. Y en aquel oxímoron que une la música más disímil con el espacio público, sucede la magia. La Troja, una taguara para bailar salsa, se convierte en una avenida –que es zona escolar– cerrada por sillas blancas con familias enteras tomando cerveza. Vestidos con disfraces, con franelas que uniforman familias, con collares que giran junto al picó. Sucede que el Barrio Abajo se convierte en una fiesta con un DJ de Nueva York que conoce tan bien los puntos álgidos de la cumbia, que los vuelve postmodernos. Y la gente se descubre como parte del performance, bailando al son del beat, comprando en la tienda que ya no tiene cerveza fría, yendo al baño en la casa que quedó inmersa en la fiesta, con sus mecedoras en el patio, agarrando fresco mientras el otro suda la felicidad que traspasa la maicena adherida al cuerpo como una intervención.

La maravilla de las fiestas en el espacio público es la diversidad. Familias enteras, grupos de amigos, desconocidos, extranjeros, minorías: todos sonríen, porque todos se sienten cobijados. Estas son La Troja, el templo de la salsa, y la Carnavalada, la opción masiva más tradicional

Barranquilla en carnaval es también la tradición. Una Gran Parada con bailarines que van dando pasitos cortos sostenidos al ritmo de la gaita, con faldas largas que recuerdan la hermandad de la vestimenta de época en todos los países vecinos. Es la parada de la fantasía con una reina llena de plumas y lentejuelas que anima a la gente con su sonrisa. Una Batalla de Las Flores por la que se pelean los turistas para entrar a ver las comparsas; para la que venden entradas con meses de anticipación y se las arreglan para alquilar sillas con sombra o sin ella, lugares privilegiados con mesoneros que venden todo tipo de alcohol y frito o un montón de turistas y locales hacinados en los descansos de la gradería tratando de imaginarse que ven algo con los sonidos de la calle.

Barranquilla en carnaval es la Vía 40 convertida en Cumbiódromo, una avenida que atraviesa por un costado a la ciudad por kilómetros y se convierte en la locación más importante de toda la celebración. Donde confluyen empresa privada, gestión pública y tercer sector, donde la industria cambia hasta los empaques de las cervezas para volverlos más festivos, y el paisaje urbano se llena de vallas publicitarias que muestran a los colombianos más importantes en el exterior para hacerles ver a todos que los ojos del mundo, de su mundo, están puestos ahí.

Barranquilla es “Curramba” porque alguna vez, a un locutor, se le ocurrió pronunciar al revés las sílabas BA – RRAN – Q para distinguirla de las noticias de Barranca. Barranquilla es “La Puerta de Oro” porque los latinoamericanos somos cursis y nos gusta adoptar los enunciados de los discursos políticos. Pero “La Arenosa” es quizá su seudónimo más certero.

A Barranquilla le dicen La Arenosa por la tierra que levanta cuando pega la brisa. Ese paisaje, que hace sentir a cualquiera en el medio de una carretera al atardecer, se complementa con los burros que pasan halando una especie de huacal que hace trayectos cortos a personas y encomiendas. Tanta arena, que la aplicación en los teléfonos inteligentes muestra el ícono de viento como previsión atmosférica, en vez del sol o la lluvia. Por eso el calor se disipa y la avenida 50 se convierte en una feria de estaciones con réplicas de las tradiciones más importantes de la vida nocturna en Colombia: un picó, un parchadero, una troja. Baila la calle. Hay conciertos de merengue, ventas de frito, aguardiente. Hay una fiesta en el patio del Museo del Caribe que presenta ganadores del Grammy Latino y todos aplauden: es un gran concierto gratuito de música colombiana. Hay un código que prohíbe tomar alcohol y fumar marihuana en el espacio público, pero nadie se ha enterado. Recomiendan guardar los teléfonos, ocultar el dinero. Pero a toda hora se ven transeúntes. Hay carros en la calle. Cualquiera agarra un taxi sin preguntar.

Como en todos los carnavales importantes del mundo, en Barranquilla se paga por desfilar. Hay quienes pasan meses elaborando sus disfraces, incluso diseñadores de modas que comandan comparsas para que se visibilice su trabajo

Y en esa rutina de excitación callejera, pasan cuatro días. Una semana, para quienes estuvieron desde el desfile de Guacherna que es el viernes anterior. Una ciudad que el alcalde entrega en manos de una reina rubia y estilizada para que los problemas propios del tercer mundo se opaquen por el brillo. Una ciudad que abandona sus lugares emblemáticos de turismo para dar paso a la calle de todos sus barrios sin importar la estética de sus casas, o el contexto en el que se encuentren.

Una ciudad que hace el mejor esfuerzo por producir una fiesta pagana que sea la metáfora de la carne que se eleva en todas sus acepciones. Pero que es también la metáfora de Joselito, la personificación del carnaval hecha Caribe, que muere el martes y se va al mar con las cenizas que trae la cuaresma.

El carnaval de Barranquilla termina de luto, llorando la fiesta. Con un encuentro de letanías que vuelve la vista sobre su presente, que son los problemas de su país y los vecinos, sobre los vicios y la inseguridad, sobre la crisis política y económica, sobre Latinoamérica. Barranquilla termina su fiesta en la Casa del Carnaval con el recuento de sus amores, de sus disfraces, de sus reinas, de su logística para el año entrante. Barranquilla termina con La Troja cerrando a las dos de la mañana en vez de a las cinco, recogiendo sus sillas de plástico para volver a ver desde la barra a los niños que salen del colegio, con el aeropuerto lleno de maletas con la ropa llena de sudor y restos de espuma, con grupos de Whatsapp abiertos de los que nadie se atreve a salir siquiera por nostalgia.

El Carnaval de Curramba es una sobredosis de energía que solo se puede aliviar con la reincidencia.

Joselito es un hombre borracho que le ha sido infiel a su esposa. Viste con traje típico de sombrero vueltiao y todas, absolutamente todas las personas que asisten al funeral, deben personificar a la viuda: esa alma en pena que ya no tendrá más fiesta hasta dentro de un año

Soy Marcy Alejandra Rangel. Viajé por primera vez fuera de Venezuela en 2011, cuando mi mamá me regaló un pasaje a Buenos Aires por mi graduación de la universidad. Ahí supe que, además de bailar, el brillo en los ojos aumentaba también con viajar. Lo he hecho bastante a pesar de toda la situación en Venezuela, el país donde vivo, pero nunca he escrito sobre eso aunque tenga la certeza del poder transformador del viaje y sus descubrimientos. Ahora, Adriana me invita a desprenderme de las formalidades del oficio que compartimos para empezar a escribir sobre los que -estoy segura- han sido los días más felices de 2017, sin importar que queden 10 meses más por delante. La vida es una sola, dicen. Y qué bonito que quede registro. (Pueden buscarla en Twitter como @MarcyAlejandra y en Instagram como @MarcyAlejandrar)

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