Choroní: de la montaña al mar

El camino por la montaña se me hizo más largo de lo normal aunque, revisando el reloj, nos tomó el tiempo justo en llegar. No suelo marearme en esas curvas, pero en esta ida me tocó respirar con calma, varias veces, para evitar las náuseas. Los vidrios del carro estaban bajos, así que se colaba la brisa fría típica del parque Henry Pittier y a uno, que va en la parte de atrás, no le queda más que mirar por esa ventana y perderse en el verde. Siempre busco si hay monos araguatos pasando de un lado a otro en los árboles, pero en este viaje tampoco tuve suerte. Solo una vez los escuché, pero no pude divisarlos.

El camino a Choroní tiene su gracia. Es angosto, frío, húmedo y caluroso cuando ya se está llegando. Es verde, siempre. A donde uno mire hay verde. Y, cuando ya comienzas a descender por la montaña, se dejan ver las casas, otros senderos que llevan a quién sabe dónde. Ves a la gente caminando al borde de la carretera esperando una guagua y van descalzos, sin prisa, con la piel tostada por el sol. Van por ahí, con el sonido del río arropándolos. El mismo río que el 21 de agosto de 2017 se desbordó y trajo de la montaña piedras inmensas que se llevaron vidas y dejaron tapeada la carretera por algunas semanas.

Ese día -ese mismo día- yo tenía previsto un viaje a Choroní muy temprano en la mañana; pero una lesión vieja, que aparece cuando quiere, me hizo doblarme de dolor y no pude cargar la mochila, ni llegar al terminal de autobuses, ni nada. Tuve que quedarme en Caracas, obligada, y recuerdo que me molesté mucho por sentirme mal. Entonces, la vaguada, las malas noticias, el camino sin más camino apenas unas horas después de mi no ida. La vida tiene maneras raras de decirte las cosas. Lo comprendí en silencio. 

Tres meses después de ese día, estábamos al inicio de esta historia: en la parte de atrás del carro, mirando el verde. Ya el camino está totalmente despejado y el río dejó su huella, una que impresiona cuando pasas, pero luego sigues, convencido de que allá abajo, en el pueblo, en los pueblos entre tanto mar, hay gente que sabe cómo levantarse y seguir. 

Choroní es una promesa de tambores, chocolate y Caribe. Es difícil decirle que no. 

Sobre todo, si tiene caminos como este

Después de las curvas, uno desemboca en el pueblo de Choroní, con sus fachadas de colores, quietas y cálidas. Una iglesia, un valle que me pone a imaginar. Pero seguimos hasta Puerto Colombia, tres kilómetros más abajo, y donde todo confluye: muchas posadas, mucho pescado, cerveza, tambores. Un malecón colorido. Desde allí se toman los peñeros hasta cualquiera de las playas, desde allí se sube al faro para ver todo desde arriba. Desde allí , tantas posibilidades. 

Esta vez no voy a Chuao, mis pies se anclan aquí y consigo descanso en la posada Cacaoní Lodge: una suerte de aparición entre las palmeras, al lado del río. Allí, me dan una habitación que tiene un jardín privado, una piscina pequeña, una ducha al aire libre. Si algo disfruté de mi estancia allí, fue darme esos baños tan libres, escuchando los sonidos propios de la tranquilidad. Luego, un comedor donde suceden varias cosas: uno desayuna y cena allí, pero también te sientas a pasar el día si quieres sombra. Si no, ahí está la piscina, con sus tumbonas blancas, con su sombra y sol. Al volver de la playa, quedarse ahí era como reposar las olas de Choroní, para luego darse un baño y llegar a la hora de la cena relajadito. 

En Cacaoní saben sonreír. Lo hacen desde el principio y no es una risa forzada, es cercana, amable. Me reí yo nada más al llegar al ver que en la pared de bienvenida habían colocado el nombre de mi libro que había presentado apenas un día antes. Sonreí luego al probar algunos sabores: ñame de palo, guarapita de parchita, pescado ahumado, bombones de chocolate con sal. Todo se vuelve una consentidera y lo mejor que se puede hacer es relajarse, dejarse llevar y vivir la experiencia. Recomiendo mucho esta posada si quieren tener un viaje de descanso, íntimo, sin prisas ni ruidos. Aquí se van a esmerar con la atención y con todo lo extra: paseos a la playa, masajes a la orilla del río (lo único que me faltó probar y aún lo lamento) y tours para los más aventureros como hacer trekking hacia El Chorrerón (al que ya fui y por eso no me moví esta vez) o hacia un trapiche para saber un poco más del papelón, o hacia las haciendas de cacao, tan llenas de historia. Lo que quiero decir es que la van a pasar bien. 

Momento “lalalala” de piscina (o lo que es lo mismo: de estar relajado)

¿verdad que provoca?

En este viaje hice varias cosas por primera vez: no comí empanadas (¡aún no entiendo porqué! si siempre como empanadas), conocí la playa de Uricao y, por fin, caminé hasta Playa Grande que es la playa que está a unos cinco o diez minutos, a pie, desde Puerto Colombia. Siempre ahí, tan extensa, y yo no me había tomado la molestia de caminar hasta allá porque siempre me alcanzaba la premura de subir a un peñero y largarme a otro lugar. Pero sí, fui dos veces. Una, casi rayando la noche y la otra, a pasar el día (porque llegamos tarde al puerto y vimos cómo se iban sin nosotras) y entonces, Playa Grande se convirtió en un juego de brisa, sol, siestas, mar azul y lectura.

¡Y Uricao no se quedó atrás! El día que la vi estaba, aparentemente, quieta y muy transparente. Digo eso, porque a ciertas horas las olas se ponen de mal humor y es preciso verlas más que jugar con ellas. Está apenas a 20 minutos, en peñero, desde Puerto Colombia y es una delicia de tranquilidad. Adoro ese contraste de Choroní de lucirse con el mar y ver la montaña, de volverse laguna y olor a pescado frito. Uno se sienta a mirar lejos, se vuelve contemplación y el viaje adquiere otro sentido. En esta playa anidan las tortugas Cardón, así que por favor, presten atención a los letreros y vayan con cuidado. Más allá de Uricao está Cuyagua, Cata, La Ciénaga. Tanto mar azul para recorrer, tanto paisaje que reconforta el alma. 

Así nos recibió Uricao

Para comer fruticas, frente a su mar

Y así se lució Playa Grande, para no dejarnos ir

Mientras estoy en la posada, elijo tomar siestas a cualquier hora. Leo y me quedo dormida. Escucho el río y me vuelvo a dormir, incluso, cuando ya no estoy bajo la sombra y el sol me despierta, inclemente. Pero un día, me desperté a tiempo y aunque llovía, subí a una guagua y me llevaron montaña arriba, hasta donde está Agua Fuerte, un complejo desde el que, gracias a la fuerza del agua, se generaba electricidad para toda la zona desde 1926 hasta 1985. Luego, se convirtió en museo y después de eso, cayó en el abandono y ahora está ahí, como por estar, guardando toda su historia para los pocos curiosos que llegan a verlo. En sus espacios, por las tardes, dan clases de danza y pintura; hay un mural del reconocido Zapata -pintado a mano por él mismo- algunas esculturas curiosas y una luz que cae con delicadeza a mitad de tarde. 

En ese recorrido por la montaña, algunos caminos llevan hacia haciendas de cacao, tristemente expropiadas por el Gobierno y que hoy marchan a media máquina, entre las ganas y la desidia. Una de ellas es La Sabaneta, una preciosidad que data del siglo XVII a la que el abandono ha golpeado sin mesura. Pero aún en sus pasillos hay algo enigmático, algo que atrapa sin sentido. Huele a cacao, a frío, a calor. ¿Han olido el frío y el calor? No sé, cosas que se me ocurren. Es increíble que se conserven sus pisos, que tras todas esas hectáreas llenas de cacao, se esconda tanta historia. Allí, en el patio de secado, donde reposa una cruz, quienes allí trabajan hacen el velorio del niño cada diciembre. Una de las tantas tradiciones que se celebran en Choroní, que hacen que la montaña se vuelva repique de tambor hasta la madrugada. 

Así son las guaguas que van por el pueblo

Un poco de Agua Fuerte y su luz

Parte del encanto de “La Sabaneta”

Y sus detalles de otro siglo

Entonces, uno vuelve al pueblo, a la quietud, a los pies descalzos. Quizá a muchos los intimide hacer ese camino lleno de curvas por la montaña, porque es angosto y largo, pero se vuelve tan necesario, al menos para mí. Me gusta ir a Choroní, aunque sea, una vez al año y tratar de ir a sitios que no he visto antes, para maravillarme, para seguir durmiendo bajo su arrullo caribeño y volver a la ciudad como quien levita. Eso me pasa a mí. Ojalá a ustedes les ocurra parecido. 

PARÉNTESIS. El camino a Choroní ya está totalmente despejado. Los autobuses que cubren la ruta Maracay-Choroní-Maracay se esperan en el terminal, pero están escasos. Las esperas son largas, por lo que vale la pena resolver irse en carro y pagar por el puesto (estaba en 20 mil Bs por persona, a mediados de noviembre 2017). Es lo mejor de ida y de vuelta, en caso de que no tengan auto propio / Los puntos de venta están funcionando con normalidad, mucho mejor que en las ciudades. Pero igual hay que llevar efectivo para pagar los paseos a las playas. Antes tenían un punto, pero ya no / En Puerto Colombia hay muchos sitios para comer y los precios son variados, así que es cuestión de gustos / Se pueden subir a las guaguas para ir de un lado a otro, pero pasan hasta cerca de las siete de la noche. Si se quedan varados por ahí, les tocará caminar o montarse un mototaxi (y pagar en efectivo) / El pueblo es tranquilo, confiable. La van a pasar bien / Aquí le pueden dar un vistazo a la posada Cacaoní Lodge para que vean lo que les conté /

 

 

 

 

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