Diario breve desde India

“Me di cuenta rápidamente que no hay viajes que nos lleven lejos a menos que se recorra la misma distancia en nuestro mundo interno” –Lillian Smith

17.03.2018 • Kerala, India • 7.12 pm • Mascot Hotel Estoy en Thiruvananthapuram. Me gusta escribirlo completo, pero está bien decir Trivandrum. Es mi primera vez en la India. Llegué aquí después de un vuelo de 13h30min de Miami a Doha, una espera de 3h30min y otro vuelo de 4h30min de Doha a Trivandrum que hice en clase ejecutiva por gentileza de la aerolínea. Así que salí de Miami el jueves por la noche y llegué en plena madrugada india, pero del sábado. Cuando entré al cuarto -donde estoy ahora- eran las 3.25 am. Mihaela, mi rommie, tomó una ducha y luego yo, así que me acosté media hora después sin nada de sueño. Estaba cansada, sí. Pero despierta. Entonces, hice un repaso del día y aún sentía el movimiento del avión en el cuerpo, sobre todo el de la turbulencia que me hizo estar alerta por poco más de media hora. Afuera había ruido, como ahora; un lío de bocinas apuradas. Pero yo vivo en el ruido, así que no me molesta. Sin darme cuenta, me dormí y pasaron diez horas. Podría haber dormido más, pero que tenía que acostumbrar a mi cuerpo a estar de este lado del mapa. Almorcé, balbuceé algunas palabras en inglés, me bañé y bajaré a cenar en breve. Haré una pausa aquí.

[Estoy en India como parte de la 5ta temporada del Kerala Blog Express. Es decir, 30 bloggers de viaje de 28 países, estaremos recorriendo el estado de Kerala de sur a norte, para contar sus maravillas. Desde hace cinco años la Oficina de Turismo de Kerala abre esta convocatoria y era la primera vez que alguien de Venezuela aplicaba, así que gracias a los votos de quienes siguen mi blog y las redes sociales,  estoy aquí felizmente representando a mí país]

9.45 pm, después de la cena. Me cuesta entender el inglés que hablan. Ayer (¿o fue esta mañana?) cuando llegué al aeropuerto con ese horario revuelto, no entendía bien las cosas. Debía leerle los labios al oficial de inmigración y sonreír. Por sonreír, pasé rápido, a pesar de no tener conmigo la dirección del hotel ni recordar el nombre. Así fue que me paré frente a la correa de equipaje y la mía tardó una vida en salir o quizá fueron 48 minutos. Vi sin ver. Por alguna razón que aún no sé, solo quería salir de allí. Me llamó la atención la cantidad de cajas que venían en ese vuelo. Cajas grandes, cajas con televisores inmensos, con botellas. Una mesa de planchar dio varias veces la vuelta por la correa. Pasaban las cajas, como desfilando y mi maleta, tan gris y roída no aparecía. Cuando lo hizo, eran casi las 3am. Después, salí al calor indio, a una humedad que no me gustó, pero a la que no tuve más remedio que darle la mano y aceptar que estaríamos juntas por quince días más. No he salido del hotel. Solo me he asomado por la ventana de tanto en tanto. Veo autobuses y tuk tuks amarillos y negros moviéndose como motos. Los veo un rato y escucho las bocinas. Las escucho ahora mientras escribo al lado de la ventana ya cerrada con cortinas. En el televisor, sin sonido, está Sean Connery como James Bond. Mihaela me pregunta si siempre escribo en libretas y le digo que sí y alguna otra cosa. Ahora, parece, solo quiero dormir.

Casi puedo escuchar las bocinas y el tuk tuk acelerando

En alguna calle de Kochi

Y en algún lado de Munnar

Cuando apenas comenzábamos a mirarnos

[Me distraigo con facilidad. Hoy ha llovido por partes, pero basta uno o dos minutos de cielo despejado en cualquier esquina para ver cien escenas posibles. India va más rápido que mis ojos, pero los sonidos ocurren con lentitud. Hay curiosidad en las miradas que van y en las que vienen. Y entonces me gustaría sentarme al borde de algunos escalones a ver la gente pasar, a ver cómo se mueve la ciudad. Pero los ritmos no compaginan y está bien. Uno se trae a pedacitos de India mientras busca quién sabe qué]

29.03.2018 • Kannur, Kerala • 9.50 am • SeaShell Resort Cuando desperté, no sabía bien qué día era hoy, pero me sorprendió que fuese jueves. Eso quiere decir que en cuatro días se termina este viaje por India y que en cinco comienzo a tomar varios vuelos para volver. Uno siempre vuelve. No había podido escribir. Desde que arrancó este viaje, todos los ritmos se aceleraron. Tengo que empacar a diario porque dormimos cada noche en ciudades distintas. Entonces, son muchas horas en bus, sueño acumulado, cansancio que se traduce a veces en mal humor. Solo un día estuve así, como enfadada. Supongo que era el calor que ese día llegó a los 38 grados (con 75% de humedad) y yo no quería caminar más por la montaña. Estaba intolerante conmigo misma. A María le pasó lo mismo. María es de Bulgaria y ese día no quería hablar con nadie. Tres o cuatro horas después, nos volvimos a cruzar y nos reímos. Dijimos que la naturaleza había hecho su trabajo y nos había devuelto la risa y la ligereza. El cansancio es necesario en el viaje; nos pone a prueba, nos hace vernos desde adentro. O, al menos, eso me pasa a mí. Uno se tropieza con sus propios límites y está bien conocerlos sin atropellar al otro. Pienso mucho en eso.

Mi vista, mientras escribía parte de este diario en Kannur

10.04 am La India que estoy tratando de entender, me sucede de varias maneras. Aunque pasamos muchísimas horas en el bus, para ir de un lado a otro, me gustan esas jornadas porque puedo ver por la ventana. Siempre hay tráfico, sonido de bocinas, gente que cruza las calles como quiera, por donde sea. Hay semáforos a los que nadie les presta atención, paradas de bus repletas de gente. Y entonces, las mujeres con sus hermosos saris de colores, moviéndose como si no hubiese calor, como si no lo sintiesen. Y los hombres, con sus dhotis y su mano en la cintura, viéndonos pasar. Van con la mirada apacible y curiosa. Saludan, se ríen y mueven la cabeza con ese baile propio que les da el nacer aquí. Sus palabras son ágiles, rápidas, como un trabalenguas. Apenas si despegan los labios para decir algo. Pero saben reír y sueltan la carcajada. Una de las cosas que más me gustan de ir en el bus, es cuando nos atascamos en el tráfico y quedamos al lado de otro autobús que siempre va lleno. Entonces, nos miramos. Sostienen la mirada y las manos siempre fijas en el asiento delantero. Las ventanas de esos buses no tienen vidrios, así que la mirada que recibo es clara, muy transparente. En ese instante -que dura pocos segundos- nos exploramos. Veo sus facciones, su piel morena, como ceniza, las manos delicadas y otras más gastadas. Veo sus ojos y les sostengo la mirada con la misma curiosidad que recibo y es ahí cuando aparece la sonrisa que no he pedido, pero que también doy. Ahí es cuando viene el saludo o la inclinación de la cabeza. No los vuelvo a ver, pero ese momento en el cruzamos es trascendental para mi viaje. Casi siempre tengo la cámara lista para esos momentos -la del teléfono- y cuando la pongo en el vidrio, los hombres no se inmutan. Se quedan allí como esperando el disparo o como preguntándose qué hago. Quizá saben bien qué hago. Pero a las mujeres les da risa y pena. Voltean, se miran, comentan entre ellas, se tapan la cara y te miran. Y esa mirada dice que entres a su mundo, que hay historias por contar. A veces, en el bus, solo voy escuchando música y mirando. No quiero hacer fotos, solo mirar, saludar, reír con ellos. Así pasa con los niños al salir del colegio, los que están esperando para cruzar, con los tuk tuks que se detienen, con los que están en las paradas, en la tienda de alimentos, en la de zapatos. India me va sucediendo mientras miro por la ventana del bus.

Estamos en Kerala, al sur de la India; y aunque dije que haría anotaciones diarias de todos los sitios que he visto, no lo he hecho ni una vez. Así que en mi cabeza tengo un desorden de nombres y lugares que no sé cómo se escriben. Hemos ido del sur al norte y al revés. Hemos estado en montañas, en playas, en medio de la jungla india. Por eso, no puedo creer que hoy sea jueves porque aunque hay días que pasan con rapidez; hay otros que ocurren con mucha lentitud. Y son esos días cuando aún me queda resonando en la cabeza el sonido del tambor, del canto de los templos. El de la brisa, el de mar arábico como quien sabe que es visto por primera vez. Intento hacer un ejercicio conmigo misma. ¿Qué es lo primero que viene a mi mente cuando pienso en India? El calor, la imagen borrosa de un mapa y el color amarillo. Es el color que más veo desde la ventana, el que más me llama la atención de los vestidos de las mujeres. Pero también el rosado y el verde, el azul y el morado. Hace calor, mucho. Agobia. Cuando llegamos a Munnar, la queja del calor se me olvidó. Ahí en la montaña, el clima es fresco y me daba más energía. Lo extrañé cuando nos fuimos, porque sabía que no tendríamos ese frío otra vez, pero también añoraba estar en el mar -que es donde estoy ahora- aunque tengamos sudor en el cuerpo. Al menos, no hay zancudos. Hay otras dos cosas que recuerdo cuando pienso en este viaje: la noche en que dormimos en un bote en los Backwaters y el paisaje hermoso de las plantaciones de té en Munnar. También, la tarde de ayer en la playa, riéndonos, bromeando y viendo el atardecer. Atesoro ese momento en el mar porque lo necesitábamos, porque en el mar no queda más remedio que ser uno mismo. Y eso es lo mejor que nos puede pasar.

Niños en bici, en Wayanad

Sonrisas en los Backwaters de Allepey, en las casas a la orilla del río

Mientras navegábamos en Allepey

Y de repente, el mar de Kannur

El sonido de los tambores

La curiosidad en la mirada

El asombro de las plantaciones de té

Las sonrisas que saludan

y el picante, siempre el picante

Así de felices nos vio Carlos Bernardo de, O meu Escritório é lá fora!, uno de los viajeros del grupo

02.04.2018 • Hammad Internacional Airport. Doha, Qatar • 4.07 pm Ya no estoy en India. Me fui esta mañana y no vi a Kochi desde la ventana del carro que nos llevó al aeropuerto. Vi, pero no recuerdo nada. Solo las vallas grandes con fotos de modelos usando vestidos de colores y una neblina mañanera. Nada más. Ayer me quedé pensando en las casas de colores. Eran amarillas, azules, rosadas, moradas. Eran las casas que veía camino al mar. Algunas más grandes, otras más pequeñas. Pensaba en el calor, en la tibieza de los patios, en los zapatos apostadas en las entradas, en la arena, en el sucio. Pensaba en las sonrisas. Lo sé bien, me lo han dicho varias veces, que el sur de India es distinto al norte; que ir a estos lados es una buena manera de comenzar a recorrer este país, porque nos prepara. Y aunque lo sé, todo esto no es extraño para mí. Yo vengo del caos, sé como moverme.

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