Carta desde Lisboa

Llegué a Lisboa muy temprano el miércoles, luego de un par de autobuses, una escala en Badajoz y un café a medianoche para hacer más corta la espera. Todo estaba oscuro, era aún de madrugada, y no encontré la entrada correcta del metro. Creo que el cansancio y el peso de las maletas me hicieron tomar un taxi que me dejó justo frente a la puerta del hostal, donde un extraño que pasaba, me ayudó a subir mi equipaje por unas escaleras que parecían interminables.

No podía chequearme sino hasta después del mediodía. Dejé todo lo que llevaba y salí a encontrarme con la ciudad. No hubo tiempo de cambiarme ni de pedir recomendaciones. Solo tomé un mapa que sobresalía en un estante y comencé a bajar por la colina que llevaba a la calle principal. Parece que en Lisboa todo se trata de subir y bajar alguna colina, muy empinada, de esas que hacen que te duelan las batatas cuando llegas a la cima.

Pasé por un par de plazas. Una de ellas con un piso idéntico al que te encuentras cuando caminas por Ipanema, y no supe si estaba en Brasil o en Portugal. Recorrí lo que parecían las calles principales de la ciudad, donde todas las puertas estaban cerradas y las luces apagadas. Era muy temprano aún. Sentí el olor del mar, o algo así, y decidí caminar hasta el final, hasta llegar al río, que no es playa , pero lo parece.

Me senté en un bar a orillas del Tajo. Sus sillas reclinables, de color negro, eran una invitación a relajarse. Lo confuso era no saber si eran gratis. Pregunté por precaución y me dijeron que me sentara. Luego, cuando llegó la carta, entendí que era una invitación algo disfrazada. Compré solo una bebida, que salía de mi presupuesto, pero que pagaba el mejor momento de tranquilidad que había tenido en muchos días.

Cuando el sol comenzó a enrojecer mi piel, decidí que era hora de continuar. A mitad de tarde, según mi mapa, ya había caminado por la zona de Baixa, también por Chiado, por Barrio Alto, e incluso, por la estación de Cais de Sodré. Era un mapa raro, englobaba poco en mucho espacio y me hacía pensar que en mediodía ya había visto todo. Creo que el cansancio no me dejaba pensar, por eso seguí el camino hasta Tascardoso, una pequeña tasca de la que había leído buenas recomendaciones, comí un plato de “espetadas de peru” y me fui al hostal.

[Quizás era temprano para irme a la cama, pero era mi única opción, no por falta de actividades, sino porque mi cuerpo lo pedía a gritos]

Subir y bajar, así es Lisboa

Plaza Rossio

Barrio Alto

Al día siguiente, Nuno, el manager del hostal, quien había prometido darme recomendaciones, sacó de una gaveta un nuevo mapa, que definitivamente no era el mismo que yo había tomado. Este tenía muchas calles, nuevos barrios y nombres que yo trataba de repetir imitando el acento portugués. En menos de cinco minutos estaba lleno de círculos, que marcaban mi camino para los días por venir. Yo decidí que si quería lograrlo todo, debía organizarme, y empecé a pensar que mis días en Lisboa serían pocos.

Esa mañana temprano me fui directo a Alfama, uno de los barrios más conocidos de la ciudad y que cuenta con unos miradores espectaculares. No sé cual me gusto más, pero sí puedo contarte que pasé horas observando el mar y las casas de colores que sobresalen en las colinas de la ciudad. También pasé por el castillo San Jorge, pero no entré, por recomendación de muchos que ya habían estado allí y que dijeron que no me perdería de nada. Ese día también visité el Barrio Mouraria, el lugar que reúne a los inmigrantes que llegan a la ciudad para hacer una nueva vida. Caminé por las callecitas sin saber a dónde iba pero quizás segura de lo que quería encontrar.

[No puedo creer que olvidaba contarte que ese día llegué al Barrio de Graça solo para comer en “O Satélite”, otra de esas tascas portuguesas donde comes muy bien por poco dinero. Me sirvieron “Açorda de gambas”, un plato muy típico, que era demasiado pesado para el calor que hacía en la ciudad, y demasiado grande para comerlo yo sola, pero estaba ¡delicioso!]

¿Recuerdas que quería ir al mar? Bueno, tomé todo un día para irme a Cascais. El tren era la manera más fácil de llegar hasta allí, porque para mí desilusión, Lisboa no tiene mar, sino solo un río que parece playa -¿ya lo dije, verdad?-. Y yo quería ir a tomar sol a la playa, vamos que hacían 30° y es casi mitad de otoño. Había que aprovecharlo. Lo cierto es que recargué la tarjeta de viaje especial para trenes –en Lisboa todo el transporte funciona con recargas- que me había regalado un colombiano. Menos de 5€ fueron necesarios para ir y volver.

Al llegar, caminé un par de minutos, no fui muy lejos. Allí estaba el mar, quizás un pedacito muy pequeño, pero estaba solo. Tiré una toalla, saqué mi ropa y me acosté en la arena. Solo necesitaba estar así, en calma. Me volteé un par de veces y leí de rato en rato, mientras mis ojos no se cerraban. Intenté meterme a la playa pero no fue posible. Con solo tocar el agua con la punta de mis dedos, el frio subió rápidamente por mi cuerpo. Quizás hacían 30° grados, pero el Adriático al parecer sabe que ya el verano acabó.

[Mi hostal parece quedar en todo el medio de una colina. Si bajo hasta la calle principal encuentro el centro, pero si subo hasta el tope termino en Barrio Alto y desde allí, al bajar otra colina, me consigo con el río, justo con la calle que lleva a la estación Cais de Sodré. Pero si lo hiciera al revés, me tomaría el triple de tiempo llegar hasta allí. Gracias al universo al parecer tengo el don de la ubicación –sin que suene pretencioso-. No sé porqué, pero quería que lo supieras.]

Así se ve Alfama

Cascais

¿Sabes qué me gusta de Lisboa? Que tiene ese encanto que muchas capitales europeas parecen haber perdido. Sus azulejos me llevan enamorada, y no importa si están algo rotos y desgastados, al parecer eso los hace más bonitos. Además, mantienen una feria popular de artículos de segunda mano que es todo un festín. A mí me parece que la “Feira da Ladra”, así se llama, te encantaría. Seguro encontrarías cosas a las que solo tú les verías encanto.

Digo esto porque también la visité y me pareció raro que entre tanta cosa loca a nadie le gustara que tomara fotografías. Pero me perdí entre todo el bululú y debo aceptar que soy muy mala para comprar cosas donde todo está desordenado, por eso solo di una vuelta y seguí. Continué para encontrar otra de esas cosas que me tienen fascinada de Lisboa, una tasca más. Quizás la mejor hasta ahora. No sé el nombre, tampoco muy bien cómo llegar, lo logré con la explicación de Nuno –y perdona que lo diga otra vez, con mi buen sentido de la ubicación-, pero si no estoy tan mal, quizás era un pequeño restaurante de fachada verde en la Calçada do Forte. Lo cierto es que allí, por solo 5€, me sirvieron un plato de arroz de mariscos, ½ litro de sangría y ¡hasta postre! –luego de eso tuve que volver al hostal a hacer una siesta-. Y el final de la tarde se me fue en yo no sé qué.

Hoy salí temprano hasta Belem. Es raro, porque siempre pensé que era una ciudad, pero en realidad es una zona que es parte de Lisboa. Allí están todos los museos y también la torre homónima, enclavada en el Tajo. Muchos llegan allí solo por ir a comer los famosos pasteles de nata que venden y que nacieron en una pequeña pastelería, pero yo no lo haría. Pasé casi dos horas en el proceso de hacer cola, ser atendida, comer y pagar. Creo que la espera me fastidió tanto que no disfruté nada. Ahora entiendo porqué siempre escapo de los sitios turísticos. De regreso decidí caminar a lo largo del río y me encontré con el Maat y su terraza hiper-moderna; también pasé por el puente 25 de julio, ese que parece ser el de San Francisco pero que conecta los extremos de Lisboa.

Maat

Feria Da Ladra

Vista desde Belem

Mirador Santa Luzia

De regreso al hostal, pasé por la Tasca do Chico, me la habían recomendado para escuchar Fado, pero era aún muy temprano. Más tarde volví, pero cuando llegué decidí irme de nuevo. Creo que el Fado es muy melancólico para sentarme sola a escucharlo, más ahora que empiezo a despedirme de la ciudad, de mi viaje, y de estos meses de descubrimiento imparable.

Mañana daré una vuelta de nuevo por los barrios del primer día. Quizás estaba muy cansada y no los aprecié bien. No quiero hacer mucho, tendré un vuelo largo el martes y la preocupación de pagar equipaje extra tal vez no me deje dormir. Si quieres que resuma, no puedo creer que luego de tantos lugares, Lisboa, mi última parada, sea la que me haya robado el corazón por completo ¿será casualidad?

Te veo pronto, Silvia

Soy Silvia Contreras Dubuc, venezolana, periodista, políglota, amante de la buena comida y de los buenos momentos, fanática de los viajes, deseosa de conocer nuevas culturas. Los aviones crean en mi cierta emoción y por alguna manera extraña los ratos de aeropuerto son una de las partes favoritas de mi viajes. Acompáñame a comerme el mundo por mi blog o mi cuenta en Instagram, @silviadubuc

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6 comentarios en “Carta desde Lisboa

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