El mapa de mis emociones

Estoy atrapada en un mapa nostálgico. Eso no está del todo bien, porque no se puede escribir siempre desde la nostalgia, pero uno también debe saber reconocerse en todos los momentos porque dependiendo de eso, cambia la visión de los lugares, la manera en que se viven, en que decido contarlos. Pienso que es por eso que se me hace tan difícil hacer guías de viaje, porque me cuesta decirles qué ver y qué hacer en tal ciudad, porque me dejo llevar por las emociones y me alejo de los mapas que todos consultan. Que incluso yo leo buscando pistas. Quizá deba inventar algo como “Guía nostálgica por tal lugar” y entonces los datos serían sobre esa esquina en la que detenerse a tomar una cerveza y ver a la gente pasar, o donde pueden ir a sentarse a mirar para allá, o donde quedarse muy quieto tomando una siesta o escuchando conversaciones ajenas. Me aburre un poco convertir el viaje en una guía que nos lleve a todos a los mismos lugares, a ir por ese camino buscando monumentos, tachando sitios en listas que nos hacen sentir que recorrimos bien la ciudad, o el pueblo, o el país. ¿Quién estableció que eso era lo que hay que ver y hacer? Me parece que estoy entrando en una etapa rebelde, en la pubertad viajera y que experimento cambios raros. Ya tengo casi diez años viajando y hasta ahora, siempre ha sido a mi ritmo, cada vez más. Me gusta pensar en el viaje como una búsqueda personal. Que son los destinos los que nos llaman, los que confabulan para que vayamos a verlos y así darle respuestas a preguntas que ni siquiera sabemos que nos estamos haciendo. Recuerdo una vez que me invitaron a una entrevista radial, hace algunos años ya. Me dijeron que sería grabada y saldría al aire cuatro días después. La locutora -que, por suerte no recuerdo ni cómo se llama ni cómo es- comenzó su monólogo contando cuáles eran los lugares que ella conocía: esa vez que fue a Tailandia, sus quince días en Australia, lo hermoso de Bariloche y varios sitios más. Porque para ella viajar era irse a sitios muy lejanos. Solo así el viaje estaba justificado y tenía sentido. Se paseaba por sus periplos y me preguntaba si los conocía y le decía que no, que yo sentía que todavía no estaba lista para ir a esos lugares, pero que cada quien podía viajar como quisiera y que eso estaba bien. Eso la fue decepcionando bastante. Me había invitado a una entrevista y yo no conocía los sitios de los que ella me quería preguntar. Intenté, en vano, hablarle del viaje en general, de lo que significa moverse de un lado a otro, hasta que por fin, bastante harta de no obtener respuestas a su mapa mental, me preguntó a dónde quería ir y yo le dije que a mi casa, a leer un libro y estar callada, porque eso también era viajar. Le conté que había historias maravillosas en Curiepe, en la isla de Margarita y para complacerla, le dije que ya había estado en poco más de veinte países, pero que esa cuenta poco me importaba. Que para mí el viaje era mucho más que eso. La entrevista no salió al aire, por supuesto. Ya lo he contado antes: no sé escribir (ni hablar) sobre viajes. Pero bueno, apartando eso, yo misma me he tenido que sentar a revisar mapas y listas y me he visto, incluso, escribiéndolas, por ese afán de dejar por sentado lo que alcancé a ver. Y entiendo que el lector lo agradece, que si se toma el tiempo de leer una guía escrita por mí, entre tantas por leer, es porque están buscando mi visión. Y eso lo agradezco, lo entiendo. Aunque me ponga rebelde. Antes me obsesionaba la idea de perderme cosas, de no ver lo importante, pero luego me relajé y comencé a caminar las ciudades de otra manera. No lo planeé, pero me ha dado por salir a recorrer los sitios sin orden, hacia donde me lleve la emoción; pocas veces anoto nombres -y por eso se me olvidan- pero trato de recordar las cosas con vagas referencias. Y así puedo pasar ocho, diez horas caminando. Entonces, cuando vuelvo al hostal, o la casa, o a donde sea que esté, busco un mapa, lo abro y trato de entender por dónde pasé y qué fue lo que vi y es ahí cuando me fijo en otros detalles, anoto otras cosas y vuelvo a pasar por esas calles, veo con otros ojos. Aún así, me pierdo algunos sitios y está bien. Me gusta pensar que eso me hará volver en algún momento. O no. Por eso me gusta viajar sin prisa, trato de estar diez días en cada ciudad por más que me digan que la puedo ver en tres. Es como crearme rutinas dentro del viaje y es lo más contradictorio que me puede ocurrir, porque no me gustan las rutinas. Me muevo por ellas con muy mal humor y por eso tengo que romperlas de tanto en tanto. ¿Les ha pasado? Puede que sí, pero a lo mejor no, porque cuando los mapas son emocionados, responden al instinto viajero y miren, somos muchos, pero muchos, intentando desandar caminos. Quizá todos, en cierta medida, estamos un poco locos y nostálgicos y rebeldes. No lo sé.

2 comentarios en “El mapa de mis emociones

  1. Fragmentaria dijo:

    Somos dos! Abrí mi blog porque amo escribir sobre mis viajes, pero detesto caer en esos lugares comunes de decirles a los demás lo que tienen que ver o hacer o tener que basar mis relatos en simples listas que están reproducidas en millones de sitios. Soy defensora de descubrir un lado B en el mapa y de narrar desde la experiencia propia, desde el camino personal y los sentimientos, así que brindo por tu rebeldía.

¿Quieres dejar un comentario?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .