Estocolmo, al norte de todo

El año pasado, por primera vez, me hicieron una carta astral.Fui sin saber qué esperar y me senté frente a la astróloga a ver cómo conectaba líneas y me contaba cosas a las que antes de ese instante, no le había encontrado una explicación certera. No entiendo la astrología, no sé de casas, planetas, ni de ascendentes, pero sí creo en la energía y no sé si una cosa tenga que ver con la otra, pero ahí había mucho de eso. Luego, otro día, volví para hacerme una alineación de chacras, sin saber que estaba desalineada. Fue más curiosidad. Así que hice caso cuando debía inhalar y exhalar, me guié por lo que veía y sentía y me dormí sin darme cuenta. Al despertar, 50 minutos después, tenía retazos de sueños y los conté en voz alta. En ellos había frío, auroras boreales, lobos siberianos. Soñé con Alaska, le dije, como si tal cosas. Y debe ser porque siempre he querido ir. Mis líneas, me dice, me guiaban hacia lo nórdico, para honrar a mis ancestros. Hice nota mental y luego, guardé las palabras en ese espacio en el que uno las olvida momentáneamente, y seguí.

Pasaron varios meses y, de repente, Estocolmo apareció en mi mapa. Yo no lo busqué, solo se convirtió en la opción mas precisa e inesperada y, sin pensarlo mucho, lo tomé. Casi dos días después, lo lamenté: la capital sueca era más costosa de lo que mi presupuesto podía permitirse, pero ya estaba hecho. Volaría a Estocolmo a buscar quién sabe qué y pensar en la lejanía me daba emoción y mucha curiosidad. Una semana antes del viaje, mi astróloga -porque los astrólogos pasar a ser de uno- apareció y todo coincidió para la segunda alineación de chacras (son tres), así que ese día llegué temprano y ella también, hablamos de esencias y yo elegí la de eucalipto, la de yerbabuena y la de menta y se rió, como quien sabe algo que yo no. “Entonces, ¿a dónde te vas?” A Estocolmo, le dije. “¿Qué día?” Tomó nota. “Claro, tú línea nórdica está ahí, te dije que irías al norte”. Me quedé callada, mientras sacaba de la gaveta de mi mente sus palabras de meses atrás. Lo había olvidado: el frío, el norte, las auroras. Estocolmo era una casualidad, no una respuesta a mis chacras alineados, pero estaba ahí, a punto de viajar al norte sin darme cuenta que era hacia allí donde estaban guiando mis pasos planetarios.

Así que tenía que estar atenta a las señales. 

Cuando uno viaja, y sobre todo, cuando se viaja solo, todos los sentidos adquieren otro nivel. Se escucha, se mira, se prueba con más atención. Explorar las ciudades con ese silencio interior, hace que nuestras emociones estén mucho más latentes. Aunque sea un cliché, es cierto: uno viaja para encontrarse. Cuando llegué a Estocolmo, llovía y hacía un frío de -4 grados. Por los costos de la ciudad, había decidido no comer nunca un día afuera, sino cocinar a diario. Todos los días en la ciudad me quedé con una venezolana que vive allí desde hace 16 años, así que las noches se nos iban en preparar cena, contarnos el día y ver Grey’s Anatomy hasta que sueño nos vencía.

Salir a ver la ciudad, era un descubrimiento cada vez. Tomaba el metro -con la suerte de estar en la única línea que circular sobre la ciudad y no es subterránea, la verde- peleaba con la calefacción (porque no es posible salir en capas y luego morirse de calor al entrar algún sitio) y luego, llegaba a la ciudad vieja a caminar en desorden, a adivinar, porque todos los días dejé el mapa en la casa y soy incapaz de recordar los nombres, monumentos o cualquier otra cosa importante que haya que ver. Y aunque lo eché en falta -el mapa, me refiero- estuvo bien caminar por instinto y circunstancia. 

Si algo me guiaba en Estocolmo eran los colores de los edificios. Me hacían ir de un lado a otro y quedé absolutamente rendida ante sus fachadas, el silencio, la tranquilidad. El sueco -vamos, al menos el sueco que vive en Estocolmo- no sufre de prisas: no tocan la bocina, esperan que cruces la calle, te dan permiso cuando lo necesitas. Eso sí, no sonríen mucho y cuando tú lo haces, lo reciben como si tuvieras algo en su contra. No me atrevería a abrazar a un sueco sin preguntarle primero.

Estocolmo es pequeña, tiene 14 islas y 57 puentes que te hacen conectar las calles sin darte cuenta. Es absolutamente fotogénica, incluso en sus días más nublados, con la nieve que va cayendo despacio para dibujar otro paisaje, con las gaviotas que combina con el cielo gris oscuro. A mí me gusta el frío y es extraño que siendo tan del Caribe, lo disfrute tanto. Siempre bromeo diciendo que tengo una palmera bajo el brazo, pero la verdad es que el frío me llena de adrenalina, me hace ver los sitios de otra manera y supongo que me pasa porque solo estoy de paso, no vivo en esos lugares. O, ahora que lo pienso, quizás mis líneas nórdicas -las que dice mi astróloga- hacen que mi delirio por el frío sea más natural. Pero sigamos.

Estocolmo aparece en mi mapa lleno de colores y si algo me gustó de ellos es la devoción que sienten por el café. A mí me gusta el café, muchísimo, y por eso mismo prefiero no tomarlo porque el exceso alguna vez me causó una gastritis severa, que me sigue pasando factura cuando sucumbo al aroma. Pero en Estocolmo -y entiendo que en toda Suecia- el momento de tomarse un café es inquebrantable. Fue en esta ciudad donde descubrí el amor a una palabra que no es mía: “fika” y significa: ese momento en el que te tomas un break, solo o acompañado, para disfrutar de una taza de café o té, y un dulce. Me parece una palabra hermosa.

Hice fika una vez, en un café lindo, distante del bullicio en un vecindario tranquilo. La gracia de un café y un cinnamon típico sueco me salió en 11$. Yo quería hacer fika todos los días, pero la ciudad iba en mi contra, aunque una vez entré por casualidad a un 7Eleven y me compré el café y el cinnamon por 4,50$. Hermosa la palabra fika, pero uno tiene sus prioridades.

Aun nublada, tiene su encanto

Pagas por una taza de café y puedes quedarte y servirte todas las veces que quieras

Amo todos los cafecitos de la ciudad

¡Fika, siempre fika!

No importa el reflejo, importa la ocasión

Estocolmo me pareció hermosa desde las alturas. La brisas que se escapa del agua y que parece venir de todos los lugares, hace que desde lejos la ciudad se vea bonita, ordenada -porque lo es- y muy quieta. Es una de las ciudades con el mejor sueldo del mundo (nada más el salario mínimo ronda los 1600 euros), la educación y la salud son gratuitas, todo funciona como se debe y, sin embargo, el promedio de habitantes con depresión es altísimo y con ello, una gran inclinación al suicidio. El frío hace estragos en el ánimo, pero también el ritmo sueco, ese no hablar con el otro más de lo necesario. No lo tengo claro solo con siete días en la ciudad, solo puedo hacerme una idea cercana. 

Ya me fui de allí y aún no sé porqué mis líneas astrales insisten en el norte. Supongo que hará falta permanecer más tiempo en otros paisajes, volver o, por los momentos, será suficiente prestar atención a todo lo que pasa por mi cabeza mientras me encuentro muy al norte de mi mapa, ahí al norte de todas mis emociones. 

3 comentarios en “Estocolmo, al norte de todo

  1. Nan dijo:

    Las sensaciones de escapan de tu relato y entonces se sienten los aromas y se imaginan los colores … se disfruta en un pastañear la atmósfera entera y entran ganas de hacer “fika” en Estocolmo aunque sea una vez en la vida! Gracias por compartir estas líneas 🙂

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