El Gran Roque, cuando todos se van

El primer vuelo llega a las seis y media de la mañana, puntual con el amanecer. Aterrizar en esa pista pequeña, con la brisa despeinando todos los sentidos y el mar azul, azulísimo de fondo, hace creer que cualquier cosa que venga después, no nos va a caber en la memoria. Los carretilleros esperan impacientes a que los viajeros bajen de las avionetas, para llevarlos hasta la posada, y son muy astutos. Aunque dentro de todos los servicios de las posadas, está incluido el que alguien espere en la pista y los guíe por el pueblo; siempre esperan a que algún turista no lo sepa; se adelantan, son rápidos y se llevan a los clientes de otro para después cobrar un poco más de la cuenta. Ese es el día a día en ese pedacito pista, al lado de la laguna, en el que nunca deja de hacer brisa.

El Gran Roque es la única isla poblada del Archipiélago Los Roques, Venezuela (decretado Parque Nacional, en 1972). Es ahí donde están todas las posadas, donde la vida continúa después que los viajeros dejan sus maletas y parten hacia los distintos cayos a pasar el día. Es en el Gran Roque donde las calles son de arena, las casas de colores y el lugar en el que todos caminan descalzos. Esto de caminar descalza lo hago desde el primer día, pero a las tres horas me detengo a ponerme los zapatos, a pesar de mi empeño de sentir el suelo tal y como es.

La quietud de la orilla

La pista luce ajetreada como hasta las diez de la mañana, cuando ya empieza a disminuir el ritmo. Las lanchas están dispuestas, esperando para cumplir el itinerario que ya les han anunciado. Algunos van por un full day, otros van hasta Cayo de Agua, el más lejano de todos; otros a los más cercanos como Francisquí o Madrisquí, pero todos parten hacia algún lugar, aferrándose al protector solar, al sombrero, a la cava que lleva el almuerzo, el agua y cualquier otra cosa.

En las posadas despiertan temprano para recibirlos. La jornada comienza a las cinco de la mañana. Preparan desayuno a los que ya están alojados, se esmeran con el almuerzo de todos los que se van; los llevan hasta el muelle, se despiden, les desean un buen día. Vuelven a la posada, ordenan, limpian, planean; sirven el almuerzo a los rezagados, revisan las reservaciones.

Afuera en las calles las tienditas están abiertas, llenas de colores, de recuerdos absolutos; las bodegas están surtidas, igual que la licorería. La medicatura se concentra en sus análisis y el camión de la basura -el único carro que existen en Los Roques- pasa dos veces al día a recoger todo lo que haga falta. Los colegios cumplen con la tarea del día y los niños asisten ataviados en un uniforme que se ve caluroso, aunque sólo sea una chemise y un jean. Las ventanas de los salones están abiertas, tanto para que la brisa entre, como para que los curiosos podamos ver cómo transcurre una mañana normal dentro de esas paredes. Entonces, los niños saludan, ya acostumbrados, pero siempre sonrientes.

Y de repente, silencio.

Después del mediodía, de lavar los platos del almuerzo, el Gran Roque entra en un sopor del que es difícil escapar. Las calles quedan solas; todas las posadas cierran sus puertas hasta cerca de las cuatro de la tarde cuando se sabe que los viajeros vuelven de los cayos. Duermen donde mejor convenga: en una hamaca, en un puff a la orilla de la playa, en un cuarto, en la sala. Son las horas durante las que los roqueños descansan de su rutina y nada pasa. Me da la sensación que en ese tiempo, ni siquiera los perros se atreven a ladrar.

De los siete días que estuve en Los Roques, tres me quedé en el pueblo caminando entre esas calles vacías de aspecto fantasmal; con el sol en la espalda, con la sed constante. Uno de esos días, aprovechando el silencio, llegué hasta el faro holandés, el punto más alto de Los Roques y desde donde se ve a plenitud. El pueblo va despertando poco a poco; se estira, bosteza, abre las puertas y el agite comienza de nuevo. Van hasta el muelle, reciben al turista, les preguntan cómo les fue, les dicen que la cena se servirá a las siete y media, que descansen. Los niños juegan, juegan mucho. A las seis de la tarde ya todos, roqueños y viajeros, coinciden en el Gran Roque y entonces, todo cambia.

Los juegos improvisados

Camino al faro, el punto más alto de Los Roques

El Gran Roque, visto desde el faro

Los cafés comienzan a prepararse para la noche; los turistas cenan tranquilos y luego -los que realmente quieren aprovechar el viaje- caminan por ahí. Sitios como El canto de la ballena, La Gotera y Café Aquarena están ahí para recibirlos, brindarles un trago, alguna tapa, un plato elaborado; pero la verdad y es al menos lo que yo puedo decir por este viaje, el que se lleva la atención es Café Arrecife, con sus puff de colores, la atención del Gocho, la música de Dj Drama. El ambiente se enciende todos los días a la orilla de la playa -menos los miércoles que está cerrado- y muchos se van a dormir después de la medianoche.

Al día siguiente, la faena comienza otra vez a las cinco de la mañana. El agite y el silencio marcan la rutina del Gran Roque, ese lugar tan azul, de arenas blancas, que es como una Bendición. Siempre, siempre voy a querer volver a este lugar.

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